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sábado, 31 de diciembre de 2022

Cada día, su afán

Hay una convención según la cual hoy toca desear felicidad a la gente próxima y no tan próxima. Cambia de cifra nuestro calendario y comemos uvas, o lentejas, nos ponemos bragas rojas y repartimos besos a medianoche. Es una manera de celebrar que el año se acaba y nosotros seguimos. Vivos y con esperanza de mejorar.  

También es el momento de los resúmenes y las listas de buenos propósitos. Y de estrenar agenda. 

Aunque soy aficionada a resúmenes, listas y agendas, he llegado al 31 de diciembre sin ninguna de las tres cosas resuelta. Así que voy a intentar ponerle remedio ahora, para que la estudiante aplicada que habita en mí se tranquilice. 

Mi 2022 ha estado lleno de imprevistos (obras domésticas no deseadas, traslados varios, visitas a hospitales, despedidas, separaciones...). No ha sido un año malo -esas situaciones se han ido resolviendo más o menos favorablemente-, pero sí ha estado lleno de obligaciones y de incidencias no agradables. He gastado mucha energía en buscar alternativas. 

Cerré mi cuenta de Twitter en enero- asqueada del ruido y la violencia verbal-, he dejado Netflix y no me he acercado a este blog. He leído. En papel. (Os dejo unas fotos con los libros leídos y comprados; otros han sido de préstamo por lo que no están ahí). Sólo he cumplido una de mis intenciones del pasado uno de enero. El resto ha ido corriendo por el calendario, esperando encontrar el tiempo o la voluntad. 

Mi agenda en 2023 supongo que seguirá igual de apurada que este año y que todos los que me queden hasta conseguir un sueldo sin necesidad de cambiar dinero por tiempo (jubilación o lotería). Cada jornada tendrá su afán y me gustaría poder resolverlo sin enredarme ni amargarme con pequeñeces.

"Cada día es un regalo", la reflexión es de un amigo que este año las ha pasado canutas. Mi propósito para el año que empieza es valorar el regalo. Bailar siguiendo el movimiento de mi aliento. Mi propio y único movimiento.

Os deseo lo mismo. Dejad que entre la vida, dejadla salir y disfrutad de la pausa. 










sábado, 20 de noviembre de 2021

Treinta y tres cajas grandes


Algunos deseos infantiles se nos olvidan. Surgen otros, más importantes en apariencia, y los van desplazando. Yo de pequeña quería tener muchos libros. Dinero para comprarlos, una estancia propia donde guardarlos y tiempo para leer, y leer, y leer. “Esta niña abre un libro y se le olvida comer” decía mi madre, en tono de reproche.

Un percance doméstico con fuga de agua incluida nos ha obligado a vaciar la sala y a vivir algo incómodos durante semanas. El mayor problema ha sido la recolocación, en un lugar seguro, de los libros que hemos ido acumulado en una vida –no somos jóvenes;  el Servicio de Salud se encarga de recordárnoslo a menudo-.

Ha habido que alquilar un trastero para guardar el contenido de dos largas estanterías que ocupaban las paredes. Treinta y tres cajas grandes de libros. Lo de grandes no es exagerado. Miles de ejemplares. Ordenados por idioma y apellido.

Nunca habría imaginado que les tenía, les tengo, tanto apego.  De algunos pocos, recuerdo cuándo los compre o quién me los regaló, en qué situación los leí. Cuánto me ayudaron.

Cuando se los llevaron supe lo mucho que los apreciaba. Ha quedado un extraño eco en la estancia. Un vacío inquietante. Faltan las palabras de tanta gente talentosa que escribió para que otros disfrutaran.

Como dice Coque Malla en esa preciosa canción, vivimos solo una vez  y todo es fugaz. Yo he pasado muchas horas buscando, comprando y leyendo.  Puedo decir que aquel anhelo infantil se ha cumplido.

Estoy deseando que vuelvan a casa mis libros. Con ellos me siento acompañada.