En el cuerpo de las mujeres se está librando una guerra. Una guerra contra la libertad.
En esa guerra por la libertad las mujeres somos tropa de infantería, carne de cañón. Se nos utiliza de avanzadilla para lograr, empezando por la limitación de la libertad sexual o de vestimenta, el desembarco de ideas cada vez más retrógradas.
No es algo nuevo, me diréis. Es verdad, al menos desde los tiempos de la virgen-madre andamos las mujeres batallando con un relato oficial que pretende medirnos con lo imposible (ser madre sin dejar de ser virgen) para no acabar recluidas en una de las dos casillas: pura o puta.
Con mucha lucha, desgarro y sacrificios de muchas mujeres- y de algunos hombres- anteriores a nosotras, fuimos ganando espacio y respeto. Occidente no es el mejor mundo posible, pero es aquí y ahora donde las mujeres tenemos más derechos y más posibilidades de defendernos. Y de vivir en libertad.
Y, curiosamente, en este momento y en este lugar voces que se consideran a sí mismas progresistas y favorables al movimiento feminista, personas con eco en los medios, difunden ideas blanditas y confusas sobre lo que es aceptable o no, en cuestiones tan importantes como la imposición del velo, los vientres de alquiler o la legalización de la prostitución.
Que os parece que mezclo muchos temas... Pues yo diría que el tema es el mismo. Son batallas de la misma guerra. Y las proclamas que llaman a la alegre insumisión, a eso tan neoliberal de: "Que cada cual haga de su cuerpo lo que quiera", como si todas tuviéramos las mismas opciones de elegir, nos hacen mucho daño. A nosotras, pero sobre todo, a las que se están jugando la vida por defender esos derechos fundamentales que aquí parecen banales y, equivocadamente, asegurados.
¿Cómo puede una feminista occidental considerar el velo solo como un pañuelo identitario cuando Nasrin Sotoudeh es condenada a 38 años de cárcel y 148 latigazos?
Nos gusta ir de tolerantes pero el feminismo es una idea radical. Las feministas no podemos considerar respetables las ideologías (tradiciones, costumbres, religiones...) que nos maltratan o maltratan a nuestras semejantes. Todas formamos parte del mismo mundo. No caigamos en la frivolidad.
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domingo, 18 de agosto de 2019
El cuerpo de las mujeres
sábado, 3 de febrero de 2018
Si Woddy Allen fuera mi amigo...
A raíz de las denuncias de agresiones sexuales en Hollywood (primero contra el poderoso productor Harvey Weinstein y a continuación contra muchas otras celebridades) y del sonoro movimiento #MeToo creado por las valientes actrices ha surgido una potente ola que visibiliza el acoso y la impunidad de esos depredadores pero también se está llevando consigo la presunción de inocencia de todos los hombres.
Son contadas las voces que se atreven a defender a los señalados por el dedo acusador. Diane Keaton ha sido la excepción al declarar que Woddy Allen es su amigo y sigue creyendo en él. Mientras todos le repudian ella confía en su versión.
La apreciación sobre la maldad intrínseca de los hombres en la cultura patriarcal divide a las feministas a menudo, quizá no públicamente, pero sí en debates y discusiones internas. Y se puede simplificar en una toma de postura ante dos interrogantes: a priori y hasta que se demuestre lo contrario, ¿hay que creer siempre a las mujeres? ¿hay que condenar siempre a los hombres?
Lo que voy a relatar ocurrió realmente y solo tiene la importancia que cada cual le quiera dar. Eran los primeros años de la década de los 80. El aborto estaba penalizado pero había maneras de salir del apuro sin jugarse la vida. Solo había que saber dónde y a quién acudir. En ese contexto, feminista A pide ayuda a feminista B -que trabajaba en un centro de planificación familiar y era suficientemente conocida-. Feminista B le suelta la primera pregunta a la embarazada, sin aviso ni excusa: "¿Quién ha sido el agresor?". Feminista A, sorprendida y enojada al cincuenta por ciento, se escucha a sí misma justificando que agresor ninguno, que ha tenido sexo con su pareja, que lo hacen a menudo y disfrutan mucho los dos, pero esta vez han tenido un problema con el condón...
Feminista A salió muy molesta de la conversación y convencida de que feminista B tenía una idea muy negativa sobre todos los hombres que en el mundo habitan. Una idea muy diferente de la suya y de su experiencia. Donde una veía "mujer amada" la otra veía "mujer agredida".
Yo he conocido y conozco a hombres buenos. Mi padre lo era. Machista sin duda, condicionado por su tiempo y su educación, pero respetuoso con las mujeres. Siempre. Con todas las mujeres. He tenido y tengo parejas y amigos que me han acompañado y me acompañan en la vida sin agredirme ni acosarme. A ninguno de ellos me los puedo imaginar como abusadores y violadores.
No soy amiga de Woddy Allen y no tengo opinión fundada sobre el caso, pero si Allen fuera mi amigo habría dicho lo mismo que Keaton.
Porque todos los hombres no son iguales. Y todas las mujeres tampoco.
Son contadas las voces que se atreven a defender a los señalados por el dedo acusador. Diane Keaton ha sido la excepción al declarar que Woddy Allen es su amigo y sigue creyendo en él. Mientras todos le repudian ella confía en su versión.
Lo que voy a relatar ocurrió realmente y solo tiene la importancia que cada cual le quiera dar. Eran los primeros años de la década de los 80. El aborto estaba penalizado pero había maneras de salir del apuro sin jugarse la vida. Solo había que saber dónde y a quién acudir. En ese contexto, feminista A pide ayuda a feminista B -que trabajaba en un centro de planificación familiar y era suficientemente conocida-. Feminista B le suelta la primera pregunta a la embarazada, sin aviso ni excusa: "¿Quién ha sido el agresor?". Feminista A, sorprendida y enojada al cincuenta por ciento, se escucha a sí misma justificando que agresor ninguno, que ha tenido sexo con su pareja, que lo hacen a menudo y disfrutan mucho los dos, pero esta vez han tenido un problema con el condón...
Feminista A salió muy molesta de la conversación y convencida de que feminista B tenía una idea muy negativa sobre todos los hombres que en el mundo habitan. Una idea muy diferente de la suya y de su experiencia. Donde una veía "mujer amada" la otra veía "mujer agredida".
Yo he conocido y conozco a hombres buenos. Mi padre lo era. Machista sin duda, condicionado por su tiempo y su educación, pero respetuoso con las mujeres. Siempre. Con todas las mujeres. He tenido y tengo parejas y amigos que me han acompañado y me acompañan en la vida sin agredirme ni acosarme. A ninguno de ellos me los puedo imaginar como abusadores y violadores.
No soy amiga de Woddy Allen y no tengo opinión fundada sobre el caso, pero si Allen fuera mi amigo habría dicho lo mismo que Keaton.
Porque todos los hombres no son iguales. Y todas las mujeres tampoco.
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jueves, 13 de abril de 2017
Hoy va de besos
Acabo de enterarme de que hoy es el día internacional del beso. Me ha parecido una excusa estupenda para retomar las entradas en este blog que he tenido en reposo desde el inicio del año. Escribir, he escrito, pero todas los textos se quedaban en borrador. No encontraba ánimo o razón para hacer públicos mis pensamientos.
Pero que se le dedique un día internacional al beso me motiva. Quizá porque, al no estar aún mezclada con intereses comerciales, en esta festividad nadie propone la obligatoriedad del regalo. ¿Dé dónde nos viene la costumbre de besar? ¿Somos conscientes de las diferencias culturales en este asunto de mostrar el afecto? No hay que ir muy lejos para sentirse bajo la mirada que se regala al diferente. Yo nunca me he considerado besucona, ni creo que, en general, la gente vasca lo sea, pero a mis conocidos italianos les asombra la alegría con que reparto besos en la mejilla a la primera persona que me presentan -allí no se saluda a los desconocidos con tanta cercanía-.
El año pasado, en Siracusa, en un pequeño autobús urbano repleto de lugareños, el espontáneo beso que di a mi pareja, fruto de la dicha simple y gratuita que sentía porque hacía un día precioso y estaba sencillamente feliz, causó un pequeño revuelo entre los pasajeros, que nos sonreían como si tal efusividad no se correspondiera con nuestra edad o condición.
La evidencia más clara de que besar es un acto importante y que fija los límites de nuestra intimidad me la han dado los niños. Mi hija, con seis años, me dijo que en la calle ya no quería recibir más besos; ella era mayor y no deseaba que la gente nos viera tan cariñosas; y mi sobrino de tres años, dulce y zalamero donde los haya, es reacio a besarme porque los besos de amor los guarda para su madre y no quiere que se le acaben.
En estos tiempo en que la violencia ocupa tanto espacio, me parece importante reivindicar las muestras de cariño y el derecho a mostrarse besucón en público; con libertad y sin miedo. Que nadie tenga que reprimir sus besos.
Os traigo aquí el beso del reencuentro entre los protagonistas de Brokeback Mountain, una de las historias de amor más tristes que nos ha regalado el cine.
Pero que se le dedique un día internacional al beso me motiva. Quizá porque, al no estar aún mezclada con intereses comerciales, en esta festividad nadie propone la obligatoriedad del regalo. ¿Dé dónde nos viene la costumbre de besar? ¿Somos conscientes de las diferencias culturales en este asunto de mostrar el afecto? No hay que ir muy lejos para sentirse bajo la mirada que se regala al diferente. Yo nunca me he considerado besucona, ni creo que, en general, la gente vasca lo sea, pero a mis conocidos italianos les asombra la alegría con que reparto besos en la mejilla a la primera persona que me presentan -allí no se saluda a los desconocidos con tanta cercanía-.
El año pasado, en Siracusa, en un pequeño autobús urbano repleto de lugareños, el espontáneo beso que di a mi pareja, fruto de la dicha simple y gratuita que sentía porque hacía un día precioso y estaba sencillamente feliz, causó un pequeño revuelo entre los pasajeros, que nos sonreían como si tal efusividad no se correspondiera con nuestra edad o condición.
La evidencia más clara de que besar es un acto importante y que fija los límites de nuestra intimidad me la han dado los niños. Mi hija, con seis años, me dijo que en la calle ya no quería recibir más besos; ella era mayor y no deseaba que la gente nos viera tan cariñosas; y mi sobrino de tres años, dulce y zalamero donde los haya, es reacio a besarme porque los besos de amor los guarda para su madre y no quiere que se le acaben.
En estos tiempo en que la violencia ocupa tanto espacio, me parece importante reivindicar las muestras de cariño y el derecho a mostrarse besucón en público; con libertad y sin miedo. Que nadie tenga que reprimir sus besos.
Os traigo aquí el beso del reencuentro entre los protagonistas de Brokeback Mountain, una de las historias de amor más tristes que nos ha regalado el cine.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
El "derecho" a utilizar a las mujeres como objetos
"Si las mujeres tuvieran más oportunidades no elegirían la prostitución". Esta declaración es de una de las protagonistas de un documental que aborda el tema de la prostitución con testimonios de las propias mujeres que viven o han vivido esa dura realidad. Muy recomendable. Aconsejo verlo hasta el final
Y como al tratar este tema siempre se deslizan los argumentos de la libertad y la elección personal, conviene escuchar y/o leer a la profesora Ana de Miguel (Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección, Madrid, Cátedra).
De Miguel denuncia la ideología neoliberal que tiene como objetivo convertir a los seres humanos en mercancía.
La conversión de los cuerpos de las mujeres en mercancía es el medio más eficaz para difundir y reforzar esta ideología y la llamada "industria del sexo" está conectada con ello.
Y como al tratar este tema siempre se deslizan los argumentos de la libertad y la elección personal, conviene escuchar y/o leer a la profesora Ana de Miguel (Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección, Madrid, Cátedra).
De Miguel denuncia la ideología neoliberal que tiene como objetivo convertir a los seres humanos en mercancía.
La conversión de los cuerpos de las mujeres en mercancía es el medio más eficaz para difundir y reforzar esta ideología y la llamada "industria del sexo" está conectada con ello.
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domingo, 7 de febrero de 2016
Millones de motivos
Hace unos años, un compañero de trabajo me preguntó porqué era feminista. Qué motivo había, qué quería yo reinvidicar si lo tenía todo: derecho a la educación, al voto, trabajo, autonomía... -sólo le faltó añadir que mi pareja no me pegaba...- Para él, lo de la igualdad era una reivindicación superada. No discutí, ni me molesté, porque entendí que lo preguntaba con buena intención; realmente sentía curiosidad. Así que le respondí tranquilamente que era feminista por solidaridad. Porque quería que todas las mujeres de mundo tuvieran, al menos, todo eso que a sus ojos yo tenía. Empezando por el derecho a no ser mutilada en la infancia.
Le dije si había pensado alguna vez que su hija, de haber nacido en otra zona del mundo, habría sido sometida a la tortura de la ablación. No. No podía ni imaginarlo. La palabra en sí misma le resultaba extraña y lejana. A mi, no. Para mí es un vocablo que encierra toda la crueldad que el poder patriarcal, amparándose en la tradición, puede ejercer contra una niña para dejarla marcada, física y sicológica, de por vida. Quizá porque nací con clítoris me siento en la obligación de exijir que todas las mujeres puedan conservar el suyo.
Así que encuentro millones de motivos para ser feminista. Uno por cada niña mutilada.
Le dije si había pensado alguna vez que su hija, de haber nacido en otra zona del mundo, habría sido sometida a la tortura de la ablación. No. No podía ni imaginarlo. La palabra en sí misma le resultaba extraña y lejana. A mi, no. Para mí es un vocablo que encierra toda la crueldad que el poder patriarcal, amparándose en la tradición, puede ejercer contra una niña para dejarla marcada, física y sicológica, de por vida. Quizá porque nací con clítoris me siento en la obligación de exijir que todas las mujeres puedan conservar el suyo.
Así que encuentro millones de motivos para ser feminista. Uno por cada niña mutilada.
domingo, 18 de noviembre de 2012
¿Cuánto vale mi vida?
En la católica Irlanda mi vida de mujer vale menos que la de un feto inviable.
Según se ha conocido esta semana, Savita Halappanavar, de 31 años y embarazada de 17 semanas ha fallecido porque los médicos que la trataban eligieron dejarla morir antes que practicarle un aborto. Su marido ha explicado que la mujer pidió en repetidas ocasiones a los médicos del Hospital Universitario de Galway (oeste de Irlanda) que terminasen su embarazo porque sufría fuertes dolores, pero le negaron el aborto porque el feto tenía latido. Sabían que el embarazo era inviable y el feto no saldría adelante, pero protegiendo el latido de ese proyecto de ser humano se cargaron a la madre. Cuentan los periódicos que ahora las autoridades irlandesas van a abrir una investigación para estudiar la muerte de Savita por septicemia (infección generalizada). !Qué asco y qué rabia!
A Savita no la mató la infección; lo que acabó con su vida fue la decisión de los médicos de no salvarla.
Recomiendo leer el artículo de Beatriz Gimeno en El diario.es. A mí la mala leche me ha cortado las palabras.
Según se ha conocido esta semana, Savita Halappanavar, de 31 años y embarazada de 17 semanas ha fallecido porque los médicos que la trataban eligieron dejarla morir antes que practicarle un aborto. Su marido ha explicado que la mujer pidió en repetidas ocasiones a los médicos del Hospital Universitario de Galway (oeste de Irlanda) que terminasen su embarazo porque sufría fuertes dolores, pero le negaron el aborto porque el feto tenía latido. Sabían que el embarazo era inviable y el feto no saldría adelante, pero protegiendo el latido de ese proyecto de ser humano se cargaron a la madre. Cuentan los periódicos que ahora las autoridades irlandesas van a abrir una investigación para estudiar la muerte de Savita por septicemia (infección generalizada). !Qué asco y qué rabia!
A Savita no la mató la infección; lo que acabó con su vida fue la decisión de los médicos de no salvarla.
Recomiendo leer el artículo de Beatriz Gimeno en El diario.es. A mí la mala leche me ha cortado las palabras.
sábado, 18 de agosto de 2012
domingo, 29 de julio de 2012
Fraggel Rock y los homosexuales
Siempre he sido fan de los fraggles (fraguels en castellano). No sólo me divertía verlos y seguir sus aventuras es que quería ser una de ellos. Para los que no saben de qué hablo, aquí tienen una presentación.
“Vamos a jugar, tus problemas déjalos. Para disfrutar, ven a Fraggle Rock”.
Los fraggles viven una vida muy despreocupada, emplean la mayor parte de su tiempo en jugar, explorar y disfrutar. La serie se centraba en un grupo de cinco amigos: Gobo, Musi, Rosi, Dudo y Bombo; cada uno con una personalidad bien definida. El líder, la artista, el indeciso… era muy entretenido ver cómo se enfrentaban a los dilemas desde su identidad específica. Y el tío Matt, el explorador, que enviaba las postales desde el mundo exterior –el de los humanos como nosotros-. ¡Qué buenos ratos!
Recupero mi cariño por los fraggle cuando leo que la compañía de su creador, Jim Henson Co, ha roto relaciones con una cadena de comida rápida estadounidense porque el presidente se había posicionado contra el matrimonio homosexual y reconocía que contribuía económicamente con organizaciones homófonas. Se acabó lo de regalar muñequitos fraggles a las criaturas que se zampan una hamburguesa. Divorcio por incompatibilidad de caracteres.
Los gays dan mucho juego. No hay manera de que les dejen vivir su vida. Imaginemos que a un grupo de trabajo se incorpora un homosexual de esos que no se esconde sino que milita. Con novio y comprometido con la causa. Es como la prueba del algodón de la intolerancia. Su sola presencia pone en evidencia muchas actitudes intransigentes que van desde el chiste a la crítica más o menos grosera. Todo eso aderezado con la muletilla “pero yo no tengo nada en contra, eh!”. Hay un tipo de gente –sobre todo hombres- a la que le pone muy nerviosa la proximidad de un gay. ¿Por qué será?
Así que me parece genial que los fraggles tomen postura. Veo necesario dejarlo claro. Algo así como decir “si a ti no te gustan los homosexuales a mí no me gustas tú”.
Recuerdo que en Fraggle Rock también vive otra especie de pequeñas criaturas humanoides, de color verde y que visten casco. Se la pasan trabajando. Levantan estructuras de una sustancia que es pura golosina para los fraggle. Mientras la legión de curris trabaja sin descanso, unos pocos fraggles holgazanean, se alimentan del esfuerzo de los pequeños curris y consultan sus problemas con una montaña de basura. ¡Madre mía! Ahora que lo pienso, ya vivo en Fraggel Rock sólo que me ha tocado ser curri…
Aquí un trocito del primer episodio de Fraggel Rock. Otro día hablaremos de Pippi Calzaslargas.
lunes, 14 de junio de 2010
Hombres sin pelos
Se acerca el verano y empiezo a ver chicos con las canillas depiladas. Ya sé, ya sé, alguno/a estará pensando: “Con la que está cayendo y ésta hablando de frivolidades”. Es la ventaja de ser tu propio redactor jefe, nadie te impone los temas. (Para reflexiones sobre la crisis hoy vayan a otro sitio).
Decía que cada vez se ven más hombres depilados. Tras una conversación con una fuente de información confidencial –sólo diré que es una experta en depilaciones varias- que me confirma que a su negocio llegan cada vez más hombres en busca de la depilación definitiva me siento obligada a anunciarlo: queridos chicos, os engañan.
La depilación es un mal rollo. Algo en lo que entras y nunca sales. Las mujeres tenemos vello en lugares no aceptados por el ideal de belleza en vigor y os aseguro que ese “aspecto natural depilado” se consigue con mucho esfuerzo y gasto en tiempo y dinero. Y los pelos crecen enseguida. Esa es la clave del negocio. Hay una gran exigencia en ser lo que no se es. Y toda una industria cuidando que así sea. Imaginad a mi amiga la depiladora cuando uno de esos que tiene vello hasta en el culo se desnuda y le pide una completa a la cera.
Encuentro en los suplementos dominicales anuncios de cremas que hacen desaparecer tripas masculinas mientras el barrigudo duerme. Y pienso que la tiranía de la belleza imposible quiere un nuevo mercado. La tripa cervecera no se deshace como un azucarillo en agua por mucho que frotéis con crema milagrosa. Tendréis la piel más suave y el bolsillo más ligero. Nada más. No estaréis más guapos sólo más ansiosos.
Claro que todo esto los hombres ya lo saben. Si se dejan enredar es porque quieren. Y puestos a incorporar su parte femenina han elegido la más falsa. También podrían apuntarse a los zapatos de tacón. Que se suban a unos stiletto e intenten caminar con seguridad mientras se concentran en cualquier cosa. Pensar y pisar fuerte balanceándose sobre 10 cm de inestabilidad. Misión imposible.
Dejo para el final una pregunta que no quedó resuelta en el último capitulo de “Perdidos”: ¿cómo hacían las mujeres naufragas en la isla para no tener vello en las axilas? Va a resultar que en el limbo también hay negocios de estética.
Decía que cada vez se ven más hombres depilados. Tras una conversación con una fuente de información confidencial –sólo diré que es una experta en depilaciones varias- que me confirma que a su negocio llegan cada vez más hombres en busca de la depilación definitiva me siento obligada a anunciarlo: queridos chicos, os engañan.
La depilación es un mal rollo. Algo en lo que entras y nunca sales. Las mujeres tenemos vello en lugares no aceptados por el ideal de belleza en vigor y os aseguro que ese “aspecto natural depilado” se consigue con mucho esfuerzo y gasto en tiempo y dinero. Y los pelos crecen enseguida. Esa es la clave del negocio. Hay una gran exigencia en ser lo que no se es. Y toda una industria cuidando que así sea. Imaginad a mi amiga la depiladora cuando uno de esos que tiene vello hasta en el culo se desnuda y le pide una completa a la cera.
Encuentro en los suplementos dominicales anuncios de cremas que hacen desaparecer tripas masculinas mientras el barrigudo duerme. Y pienso que la tiranía de la belleza imposible quiere un nuevo mercado. La tripa cervecera no se deshace como un azucarillo en agua por mucho que frotéis con crema milagrosa. Tendréis la piel más suave y el bolsillo más ligero. Nada más. No estaréis más guapos sólo más ansiosos.
Claro que todo esto los hombres ya lo saben. Si se dejan enredar es porque quieren. Y puestos a incorporar su parte femenina han elegido la más falsa. También podrían apuntarse a los zapatos de tacón. Que se suban a unos stiletto e intenten caminar con seguridad mientras se concentran en cualquier cosa. Pensar y pisar fuerte balanceándose sobre 10 cm de inestabilidad. Misión imposible.
Dejo para el final una pregunta que no quedó resuelta en el último capitulo de “Perdidos”: ¿cómo hacían las mujeres naufragas en la isla para no tener vello en las axilas? Va a resultar que en el limbo también hay negocios de estética.
domingo, 24 de enero de 2010
La delicia de encajar
Joan Manuel Serrat. "Y el amor"
Hoy voy a hablar un poco de sexo. O, más claro, de lo hipócritas que somos los adultos, padres, madres, enseñantes todos con este tema. He recuperado este vídeo de la prehistoria musical porque me parece muy oportuno. Y quiero compartirlo con todos los educadores azorados ante la tesitura de contar a un inexperto qué es el sexo y porqué nos gusta tanto.
Aún recuerdo las –contadas- clases de educación sexual que recibí en el Bachillerato: anatomía fisiológica o la historia de la semillita narrada con palabras técnicas.
Por lo que me llega, no es muy diferente ahora. En el mejor de los casos, a los adolescentes les proporcionamos información anticonceptiva. Cómo hacer niños y cómo no hacerlos. Todo ellos regado de no poca moralina y el amor como escudo. El placer no se nombra. Y su búsqueda se castiga.
Tengo reciente el ejemplo de uno de mis vecinos. Con tanto canal por satélite y antena parabólica comunitaria un día nos encontramos en la televisión con un canal porno que emitía gratuitamente 24 horas; un tanto light de día y bastante más explícito de noche. Uno de los que se aficionó fue el del segundo derecha, un chaval de once años que se levantaba por las noches para masturbarse ante la pantalla. Hasta que se enteró su padre. Que solicitó una reunión de vecinos para explicar –qué vergüenza ajena sentí; eso no se le hace a un hijo- el problema que tenía y exigir que el acceso al canal se capara.
Los jóvenes, sobre todo si son nuestros hijos, tienen la habilidad de enfrentarnos a todo aquello que guardamos en la sombra, a lo no resuelto.
Nosotros nos quedemos sin el canal porno y el crío con un complejo de culpa que algún día le pasará factura. (Aclaro que el canal no lo echo de menos porque a mí con el porno me pasa como con el vino: me da sueño).
Hoy voy a hablar un poco de sexo. O, más claro, de lo hipócritas que somos los adultos, padres, madres, enseñantes todos con este tema. He recuperado este vídeo de la prehistoria musical porque me parece muy oportuno. Y quiero compartirlo con todos los educadores azorados ante la tesitura de contar a un inexperto qué es el sexo y porqué nos gusta tanto.
Aún recuerdo las –contadas- clases de educación sexual que recibí en el Bachillerato: anatomía fisiológica o la historia de la semillita narrada con palabras técnicas.
Por lo que me llega, no es muy diferente ahora. En el mejor de los casos, a los adolescentes les proporcionamos información anticonceptiva. Cómo hacer niños y cómo no hacerlos. Todo ellos regado de no poca moralina y el amor como escudo. El placer no se nombra. Y su búsqueda se castiga.
Tengo reciente el ejemplo de uno de mis vecinos. Con tanto canal por satélite y antena parabólica comunitaria un día nos encontramos en la televisión con un canal porno que emitía gratuitamente 24 horas; un tanto light de día y bastante más explícito de noche. Uno de los que se aficionó fue el del segundo derecha, un chaval de once años que se levantaba por las noches para masturbarse ante la pantalla. Hasta que se enteró su padre. Que solicitó una reunión de vecinos para explicar –qué vergüenza ajena sentí; eso no se le hace a un hijo- el problema que tenía y exigir que el acceso al canal se capara.
Los jóvenes, sobre todo si son nuestros hijos, tienen la habilidad de enfrentarnos a todo aquello que guardamos en la sombra, a lo no resuelto.
Nosotros nos quedemos sin el canal porno y el crío con un complejo de culpa que algún día le pasará factura. (Aclaro que el canal no lo echo de menos porque a mí con el porno me pasa como con el vino: me da sueño).
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