¿O en Facebook? Esta debe ser la pregunta que se hacen ahora los jóvenes al conocerse. El "estudias o trabajas" es rotundamente anacrónico ahora que estudiar se ha alargado hasta los 30 y trabajar necesita de mucha explicación adyacente. ¿Quién trabaja a secas? Se puede ser contrato basura, en prácticas, por obra, economía sumergida, esclavo por horas, rico funcionario o hasta parado ( !si será vieja la pregunta entrecomillada que no contemplaba el agujero del paro! ).
Estamos en que ahora lo que marca es la pertenencia a una red social. Tuenti es para los más jovencitos. No entra cualquiera; otro miembro tiene que invitarte. En Facebook es tan fácil hacerse un hueco que ya hay 300 millones de usuarios. Y hasta los diccionarios prestigiosos acomodan sus acepciones al nuevo fenómeno. El New Oxford American Dictionary eligió como palabra del año 2009 "Unfriend" verbo que significa la eliminación de una red social de una persona que antes era considerada como un amigo. El "ya no te ajunto" de la infancia elevado a término sofisticado.
Hay preocupación sobre el uso y el abuso de estas plazas públicas vía Internet. La información deja rastro. Esa foto de la juerga en la playa la pueden usar para despedir al trabajador que fingía una depresión. Tu jefe, la pasma, todos los poderes oscuros rastrean la Red para conocer lo que no quieres que sepan.
Cuando se inventó el teléfono seguro que también creó desconfianza en algunos sectores. Hay gente que no sabe usarlo. Grita y no da información sólo la pide. "¿Quién eres?" "¿Quién eres"? y resulta que han llamado ellos. Mi abuela, una a la que conocí ya muy vieja, decía que ese aparato sólo había que usarlo para emergencias.
Más prehistoria tecnológica: los porteros automáticos. Tuvo que ser un gran cambio pasar de la aldaba (parecía un código secreto: primer piso derecha, un golpe; segundo izquierda, dos y repique) a la puerta abierta y cerrada a distancia.
Internet ha cambiado los canales y las formas de comunicación. Es interesante y divertido lanzar mensajes a gente que no es conocida y recoger otros que no se escribieron pensando en ti. Hay bastante información y mucha, muchísima basura. Así que navegar implica un aprendizaje más. ¿Puede ser peligroso? Seguro que sí. Como dejarse la puerta de casa abierta mientras se duerme. No sabes si puede entrar alguien indeseable. Cuestión de sentido común.
Más peligroso veo yo que el continente nos encante y se coma al contenido. Lo importante sigue siendo lo que se dice. El significado es el que nos llega. Y todo suma, sin que las formas más clásicas de expresión hayan perdido valor. Por ejemplo, algo tan humilde como silbar puede estar lleno de intención. Y si no, que se lo pregunten al Borbón.
sábado, 27 de febrero de 2010
sábado, 13 de febrero de 2010
Vamos a contar mentiras...
Por ejemplo, que el euskara se valore en exceso en las pruebas de acceso al sector público. Sólo hay que acercarse a una oficina de la Administración vasca y contar -uno, dos, tres...- cuantos funcionarios son capaces de expresarse en euskara. La mayoría no sabe. Y no parece que ese desconocimiento les supusiera ninguna traba para conseguir el puesto.
En una oposición, una vez superadas las pruebas comunes, los candidatos vascoparlantes consiguen más puntos que los que sólo conocen el castellano. Para acabar con ese privilegio, en el Parlamento proponen "adaptar la política lingüística a la realidad". ¿Y cuál es la realidad? Depende desde dónde se quiera mirar.
Un euskaldun -pagador de impuestos con los que se contrata y se abona mensualmente el sueldo del empleado público- tiene que acomodarse al idioma que el funcionario conoce. Esa es la realidad. Y también es real el dinero que se gasta -cantidad nada despreciable pagada a escote- en traducciones oficiales y cursos de euskara porque el personal no está capacitado para hacer su trabajo en los dos idiomas oficiales.
No sorprende que la solución que proponen sean rebajar la exigencia del conocimiento cuando muchos, muchísimos de los cargos públicos no saben euskara -el parlamento es un buen reflejo de esa ignorancia- y se asume con normalidad que se nombre un director de televisión y radio públicas que no es capaz de comunicarse en uno de los idiomas que utiliza algunos de los medios de comunicación que dirige. Si no se lo exigen a sí mismos, por qué se lo van a exigir a un auxiliar administrativo.
Entre la realidad real y la realidad virtual a la que nos llevan hay un camino de mentiras repetidas y propaganda engañosa. Si al menos les creciera la nariz como a Pinocho… Pero hoy es sábado, y no estoy dispuesta a dejarme amargar un sábado. Les borro de mi mente y elijo soñar con un mundo al revés.
En una oposición, una vez superadas las pruebas comunes, los candidatos vascoparlantes consiguen más puntos que los que sólo conocen el castellano. Para acabar con ese privilegio, en el Parlamento proponen "adaptar la política lingüística a la realidad". ¿Y cuál es la realidad? Depende desde dónde se quiera mirar.
Un euskaldun -pagador de impuestos con los que se contrata y se abona mensualmente el sueldo del empleado público- tiene que acomodarse al idioma que el funcionario conoce. Esa es la realidad. Y también es real el dinero que se gasta -cantidad nada despreciable pagada a escote- en traducciones oficiales y cursos de euskara porque el personal no está capacitado para hacer su trabajo en los dos idiomas oficiales.
No sorprende que la solución que proponen sean rebajar la exigencia del conocimiento cuando muchos, muchísimos de los cargos públicos no saben euskara -el parlamento es un buen reflejo de esa ignorancia- y se asume con normalidad que se nombre un director de televisión y radio públicas que no es capaz de comunicarse en uno de los idiomas que utiliza algunos de los medios de comunicación que dirige. Si no se lo exigen a sí mismos, por qué se lo van a exigir a un auxiliar administrativo.
Entre la realidad real y la realidad virtual a la que nos llevan hay un camino de mentiras repetidas y propaganda engañosa. Si al menos les creciera la nariz como a Pinocho… Pero hoy es sábado, y no estoy dispuesta a dejarme amargar un sábado. Les borro de mi mente y elijo soñar con un mundo al revés.
domingo, 7 de febrero de 2010
No salen las cuentas
Trabajar cansa. Además de ocupar demasiado tiempo, cansa. El que ha probado lo sabe. Y más si piensas en todos los días trabajados, uno tras otro, como una continuidad. Los contratos laborales te marcan horarios y ratos de ocio, el periodo de comida, la entrada y la salida, si puedes o no echar la siesta…
Un día de fiesta es aquel del que puedes disponer a tu antojo. El resto están decididos. Es así hasta hacerse viejo. A partir de cierta edad, ves gente que cuenta los años, los meses, que les faltan para jubilarse. Están cansados y sueñan con cobrar sin tener que fichar. Un logro de la sociedad del bienestar.
Acaba de abrirse el debate que dará a la derecha el próximo gobierno. Los dirigentes políticos nos lanzan un interrogante: ¿Cómo vamos a asegurar el bienestar en una sociedad donde los viejos viven demasiados años? Con una esperanza de vida tan alta, cobran las pensiones durante más tiempo y encima sus gastados motores necesitan muchas reparaciones y cuidados. ¿A cuánto sale un enfermo crónico de 80 años? Los que piensan en estas cosas no nos lo dicen así de crudo porque suena feo, pero tienen hecho el cálculo.
El sistema necesita que los “no productivos”, los pensionistas, se mueran antes o cobren menos. Si se consiguen las dos cosas al mismo tiempo, más ahorro. De ahí viene lo de querer alargar el trabajo obligatorio hasta los 67. De momento. Si insistimos en vivir más tendrán que tomar otras medidas. Porque, de seguir así, de no hacer nada, el sistema no lo soportaría. Sin embargo, sí que soporta las elevadas tasas de paro juvenil. ¡Vaya panorama! A los 65 trabajando para dar la paga al hijo desempleado de 32.
¿Quién es el sistema? ¿Para qué quién trabaja? ¿A quién beneficia? ¿De qué lado están los que tanto lo defienden? También podríamos legalizar la esclavitud para una parte de la población. Seguro que así salen más fácil las cuentas.
Hay quien va a comprar un sujetador y si sus pechos no le dan para llenar una talla cien se pone implantes. Alteran el cuerpo para que se adapte al traje. Cuando lo saludable es hacerlo al revés.
Digo yo que si el sistema no nos vale, habrá que cambiarlo respetando el cuerpo social. ¿Por qué, para empezar, no implantamos un sistema con topes por arriba? Si hay un sueldo mínimo interprofesional ¿por qué no un sueldo máximo? Que si la pasta no llega la saquen de otro sitio. Se podría, por ejemplo, cobrar más impuestos a los que tienen mucho, mucho, demasiado.
Va a ser el debate de los próximos meses. Van a intentar convencernos de la inmovilidad de la esencia del sistema. Hay que estar preparados. Para empezar, aconsejo consultar en un diccionario el significado de las palabras socialista y obrero.
Un día de fiesta es aquel del que puedes disponer a tu antojo. El resto están decididos. Es así hasta hacerse viejo. A partir de cierta edad, ves gente que cuenta los años, los meses, que les faltan para jubilarse. Están cansados y sueñan con cobrar sin tener que fichar. Un logro de la sociedad del bienestar.
Acaba de abrirse el debate que dará a la derecha el próximo gobierno. Los dirigentes políticos nos lanzan un interrogante: ¿Cómo vamos a asegurar el bienestar en una sociedad donde los viejos viven demasiados años? Con una esperanza de vida tan alta, cobran las pensiones durante más tiempo y encima sus gastados motores necesitan muchas reparaciones y cuidados. ¿A cuánto sale un enfermo crónico de 80 años? Los que piensan en estas cosas no nos lo dicen así de crudo porque suena feo, pero tienen hecho el cálculo.
El sistema necesita que los “no productivos”, los pensionistas, se mueran antes o cobren menos. Si se consiguen las dos cosas al mismo tiempo, más ahorro. De ahí viene lo de querer alargar el trabajo obligatorio hasta los 67. De momento. Si insistimos en vivir más tendrán que tomar otras medidas. Porque, de seguir así, de no hacer nada, el sistema no lo soportaría. Sin embargo, sí que soporta las elevadas tasas de paro juvenil. ¡Vaya panorama! A los 65 trabajando para dar la paga al hijo desempleado de 32.
¿Quién es el sistema? ¿Para qué quién trabaja? ¿A quién beneficia? ¿De qué lado están los que tanto lo defienden? También podríamos legalizar la esclavitud para una parte de la población. Seguro que así salen más fácil las cuentas.
Hay quien va a comprar un sujetador y si sus pechos no le dan para llenar una talla cien se pone implantes. Alteran el cuerpo para que se adapte al traje. Cuando lo saludable es hacerlo al revés.
Digo yo que si el sistema no nos vale, habrá que cambiarlo respetando el cuerpo social. ¿Por qué, para empezar, no implantamos un sistema con topes por arriba? Si hay un sueldo mínimo interprofesional ¿por qué no un sueldo máximo? Que si la pasta no llega la saquen de otro sitio. Se podría, por ejemplo, cobrar más impuestos a los que tienen mucho, mucho, demasiado.
Va a ser el debate de los próximos meses. Van a intentar convencernos de la inmovilidad de la esencia del sistema. Hay que estar preparados. Para empezar, aconsejo consultar en un diccionario el significado de las palabras socialista y obrero.
domingo, 24 de enero de 2010
La delicia de encajar
Joan Manuel Serrat. "Y el amor"
Hoy voy a hablar un poco de sexo. O, más claro, de lo hipócritas que somos los adultos, padres, madres, enseñantes todos con este tema. He recuperado este vídeo de la prehistoria musical porque me parece muy oportuno. Y quiero compartirlo con todos los educadores azorados ante la tesitura de contar a un inexperto qué es el sexo y porqué nos gusta tanto.
Aún recuerdo las –contadas- clases de educación sexual que recibí en el Bachillerato: anatomía fisiológica o la historia de la semillita narrada con palabras técnicas.
Por lo que me llega, no es muy diferente ahora. En el mejor de los casos, a los adolescentes les proporcionamos información anticonceptiva. Cómo hacer niños y cómo no hacerlos. Todo ellos regado de no poca moralina y el amor como escudo. El placer no se nombra. Y su búsqueda se castiga.
Tengo reciente el ejemplo de uno de mis vecinos. Con tanto canal por satélite y antena parabólica comunitaria un día nos encontramos en la televisión con un canal porno que emitía gratuitamente 24 horas; un tanto light de día y bastante más explícito de noche. Uno de los que se aficionó fue el del segundo derecha, un chaval de once años que se levantaba por las noches para masturbarse ante la pantalla. Hasta que se enteró su padre. Que solicitó una reunión de vecinos para explicar –qué vergüenza ajena sentí; eso no se le hace a un hijo- el problema que tenía y exigir que el acceso al canal se capara.
Los jóvenes, sobre todo si son nuestros hijos, tienen la habilidad de enfrentarnos a todo aquello que guardamos en la sombra, a lo no resuelto.
Nosotros nos quedemos sin el canal porno y el crío con un complejo de culpa que algún día le pasará factura. (Aclaro que el canal no lo echo de menos porque a mí con el porno me pasa como con el vino: me da sueño).
Hoy voy a hablar un poco de sexo. O, más claro, de lo hipócritas que somos los adultos, padres, madres, enseñantes todos con este tema. He recuperado este vídeo de la prehistoria musical porque me parece muy oportuno. Y quiero compartirlo con todos los educadores azorados ante la tesitura de contar a un inexperto qué es el sexo y porqué nos gusta tanto.
Aún recuerdo las –contadas- clases de educación sexual que recibí en el Bachillerato: anatomía fisiológica o la historia de la semillita narrada con palabras técnicas.
Por lo que me llega, no es muy diferente ahora. En el mejor de los casos, a los adolescentes les proporcionamos información anticonceptiva. Cómo hacer niños y cómo no hacerlos. Todo ellos regado de no poca moralina y el amor como escudo. El placer no se nombra. Y su búsqueda se castiga.
Tengo reciente el ejemplo de uno de mis vecinos. Con tanto canal por satélite y antena parabólica comunitaria un día nos encontramos en la televisión con un canal porno que emitía gratuitamente 24 horas; un tanto light de día y bastante más explícito de noche. Uno de los que se aficionó fue el del segundo derecha, un chaval de once años que se levantaba por las noches para masturbarse ante la pantalla. Hasta que se enteró su padre. Que solicitó una reunión de vecinos para explicar –qué vergüenza ajena sentí; eso no se le hace a un hijo- el problema que tenía y exigir que el acceso al canal se capara.
Los jóvenes, sobre todo si son nuestros hijos, tienen la habilidad de enfrentarnos a todo aquello que guardamos en la sombra, a lo no resuelto.
Nosotros nos quedemos sin el canal porno y el crío con un complejo de culpa que algún día le pasará factura. (Aclaro que el canal no lo echo de menos porque a mí con el porno me pasa como con el vino: me da sueño).
domingo, 17 de enero de 2010
Hablar claro no vende
En esta época de corrección lingüística que ha convertido a los negros en personas de color y a los repartidores en trabajadores de logística, los políticos están más preocupados por cómo dicen y presentan las cosas que por hacerlas. Y como se lo consentimos, entre todos -hablantes y oyentes-, hemos ido forzando la semántica, diluyéndola hasta hacerla light, baja en contenido. Cuando, en realidad, no son las palabras las que ofenden sino el pensamiento, la intención que las sustenta.
En esas estábamos, acostumbrándonos a las figuras públicas de perfil bajo y a los discursos sosos, sin sal ni pimienta, cuando aterriza un nuevo obispo en Donostia, y se pone a hablar como antes de la moda, es decir, como un cura de toda la vida, intentando asustar a los niños con el infierno. En resumen, ha venido a decir que lo de Haití no es lo peor, a él le preocupan más otras cosas. Y de entrada suena inhumano, sin duda, pero si se piensa no es tan sorprendente. Sólo que somos un pelín hipócritas y él excesivamente sincero (además de carca, que esa es otra historia).
“Existen males mayores que los que esos pobres de Haití están sufriendo estos días” esa fue la frase. Admitamos que puede ser cierto. Aún siendo esa una tragedia dramática, tremenda, sobrecogedora, puede haber cosas peores que perder la vida. De hecho, eso mismo dicen algunos torturados, que en el límite del horror y el desamparo anhelan morir. Hay enfermedades devastadoras, monstruosas, sin cura, que tienen a los enfermos postrados en infiernos de los que sólo les recatará la muerte. Pero el prelado no iba por ahí.
Quizá podría referirse a que Haití ya era un drama antes del terremoto. Muchos de los cuerpos que ahora yacen bajo los escombros se estaban muriendo de hambre y de miseria, ante la indiferencia del mundo. Pero, tampoco. Ha aclarado, en su intento de salir mejor parado, que lo suyo era un mensaje puramente teológico. A esos inocentes sufridores “Dios les ha prometido la felicidad eterna”. Peor lo tienen los pecadores, según el obispo.
Y ¿por qué tanto escándalo? ¿Acaso no es ese uno de los mensajes de la Iglesia? Los textos que se enseñan en las catequesis presentan el mundo como un valle de lágrimas. La resignación siempre ha sido una virtud cristiana y lo de martirizar los cuerpos para salvar las almas, práctica aceptada. Todo lo bueno –gozo, justicia- hay que posponerlo para la eternidad.
Estábamos tan acostumbrados a los disimulos, a los discursos sin aristas, que llega un pastor de la Iglesia a poner las cosas en su sitio y nos confunde. Que se preocupe su rebaño ¿No era este un Estado laico? Pues que Munilla predique desde el púlpito y deje libres los titulares de prensa. Yo no volveré a hablar de él.
En esas estábamos, acostumbrándonos a las figuras públicas de perfil bajo y a los discursos sosos, sin sal ni pimienta, cuando aterriza un nuevo obispo en Donostia, y se pone a hablar como antes de la moda, es decir, como un cura de toda la vida, intentando asustar a los niños con el infierno. En resumen, ha venido a decir que lo de Haití no es lo peor, a él le preocupan más otras cosas. Y de entrada suena inhumano, sin duda, pero si se piensa no es tan sorprendente. Sólo que somos un pelín hipócritas y él excesivamente sincero (además de carca, que esa es otra historia).
“Existen males mayores que los que esos pobres de Haití están sufriendo estos días” esa fue la frase. Admitamos que puede ser cierto. Aún siendo esa una tragedia dramática, tremenda, sobrecogedora, puede haber cosas peores que perder la vida. De hecho, eso mismo dicen algunos torturados, que en el límite del horror y el desamparo anhelan morir. Hay enfermedades devastadoras, monstruosas, sin cura, que tienen a los enfermos postrados en infiernos de los que sólo les recatará la muerte. Pero el prelado no iba por ahí.
Quizá podría referirse a que Haití ya era un drama antes del terremoto. Muchos de los cuerpos que ahora yacen bajo los escombros se estaban muriendo de hambre y de miseria, ante la indiferencia del mundo. Pero, tampoco. Ha aclarado, en su intento de salir mejor parado, que lo suyo era un mensaje puramente teológico. A esos inocentes sufridores “Dios les ha prometido la felicidad eterna”. Peor lo tienen los pecadores, según el obispo.
Y ¿por qué tanto escándalo? ¿Acaso no es ese uno de los mensajes de la Iglesia? Los textos que se enseñan en las catequesis presentan el mundo como un valle de lágrimas. La resignación siempre ha sido una virtud cristiana y lo de martirizar los cuerpos para salvar las almas, práctica aceptada. Todo lo bueno –gozo, justicia- hay que posponerlo para la eternidad.
Estábamos tan acostumbrados a los disimulos, a los discursos sin aristas, que llega un pastor de la Iglesia a poner las cosas en su sitio y nos confunde. Que se preocupe su rebaño ¿No era este un Estado laico? Pues que Munilla predique desde el púlpito y deje libres los titulares de prensa. Yo no volveré a hablar de él.
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jueves, 31 de diciembre de 2009
Menos y más
Nueve euros al mes, el equivalente a una entrada de cine con palomitas, eso es lo que va a subir en 2010 el salario mínimo interprofesional que –no lo olvidemos- supera por poco los 600 euros. Lo anuncia, sin rubor, la misma clase política que corrió a auxiliar a la gran Banca con el dinero de todos. Hay que tener un día a día muy alejado de ese mínimo interprofesional para que la noticia no te altere. Pero es que “no hay dinero”. Es la cantinela que repiten todas las administraciones en los últimos meses. Y es mentira. ¿Cómo si no con dinero les han pagado a las multinacionales farmacéuticas sus baldías vacunas?
“Para explicarme cómo eres no me digas lo que tienes dime sólo cómo te lo gastas”. La idea es herencia de un profesor de Filosofía que tuve en el Bachillerato, uno de esos que se recuerdan. Este método de pagar a escote – dinero público- sin poder decidir cómo gastar –sólo un voto cada cuatro años- es un chollo para los que intentan justificarlo todo con la crisis.
La falta de clientela –también por la crisis- es la razón para el cierre del Orient Express. París – Venecia a casi 6.000 euros el billete. Echan la culpa a los vuelos de bajo coste pero más bien parece que los potenciales viajeros del tren de lujo se muevan en jet privado. 633 trabajados euros para sobrevivir todo un mes frente a 6.000 el trayecto de tren. La comparación suena indecente.
“Menos bienes pero más vínculos” dicen los teóricos del decrecimiento, que son los nuevos objetores, los nuevos profetas de un mundo radicalmente diferente. Se trata de revisar lo que gastamos, cómo lo gastamos y los estragos que ello nos produce. Y mientras sigo reflexionando sobre mi huella ecológica me apunto a lo de trabajar menos para vivir mejor. En el nuevo año despejaré la agenda y, consciente de mis límites, sólo me planteo conseguir cumplir tres objetivos.
Un propósito: hablar más inglés (Happy new year Iñaki. Eta goraintziak besteei). Un proyecto: cumplir la petición de mi hija de reunir las cien canciones que más me gustan para ofrecérselas. Una ilusión: sustituir los “tengo que” obligatorios por los “voy a" más apetecibles.
URTE BERRI ON!
P.D.: Para los interesados en el decrecimiento una página web http://www.decroissance.org/ muy diferente a lo que podría parecer su traducción http://www.decrecimiento.es/ y dos vídeos en los que el economista y filósofo Serge Latouche habla sobre la teoría del decrecimiento.
“Para explicarme cómo eres no me digas lo que tienes dime sólo cómo te lo gastas”. La idea es herencia de un profesor de Filosofía que tuve en el Bachillerato, uno de esos que se recuerdan. Este método de pagar a escote – dinero público- sin poder decidir cómo gastar –sólo un voto cada cuatro años- es un chollo para los que intentan justificarlo todo con la crisis.
La falta de clientela –también por la crisis- es la razón para el cierre del Orient Express. París – Venecia a casi 6.000 euros el billete. Echan la culpa a los vuelos de bajo coste pero más bien parece que los potenciales viajeros del tren de lujo se muevan en jet privado. 633 trabajados euros para sobrevivir todo un mes frente a 6.000 el trayecto de tren. La comparación suena indecente.
“Menos bienes pero más vínculos” dicen los teóricos del decrecimiento, que son los nuevos objetores, los nuevos profetas de un mundo radicalmente diferente. Se trata de revisar lo que gastamos, cómo lo gastamos y los estragos que ello nos produce. Y mientras sigo reflexionando sobre mi huella ecológica me apunto a lo de trabajar menos para vivir mejor. En el nuevo año despejaré la agenda y, consciente de mis límites, sólo me planteo conseguir cumplir tres objetivos.
Un propósito: hablar más inglés (Happy new year Iñaki. Eta goraintziak besteei). Un proyecto: cumplir la petición de mi hija de reunir las cien canciones que más me gustan para ofrecérselas. Una ilusión: sustituir los “tengo que” obligatorios por los “voy a" más apetecibles.
URTE BERRI ON!
P.D.: Para los interesados en el decrecimiento una página web http://www.decroissance.org/ muy diferente a lo que podría parecer su traducción http://www.decrecimiento.es/ y dos vídeos en los que el economista y filósofo Serge Latouche habla sobre la teoría del decrecimiento.
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jueves, 24 de diciembre de 2009
De la Navidad, el turrón
A mí la Navidad no es que no me guste, es que no la entiendo muy bien. Por eso, si tengo que elegir, me quedo con el turrón.
Si lo piensas te das cuenta de que es una época curiosa. Al parecer, se trata de disfrutar y de ser bondadosos, pero yo diría que está llena de imposiciones, compromisos y un poco de cinismo. Para empezar, hay que celebrarlo en familia -en una familia más o menos convencional-, con lo que aquellos que carezcan de una, si no se pertrechan tras una personalidad resistente, van jodidos. Les da la depre y se emborrachan. Conozco, por lo menos, tres separadas que han hecho pública su intención de pillar una cogorza histórica en estos días.
Otra obligación de la Navidad es comer mucho. Si no quieres ir de rara tienes que excederte y engullir como si acabaras de salir de una gran hambruna. Luego vendrán los empachos, el colesterol, el sentimiento de culpa por el diámetro de la barriga.., pero eso será luego, en la subida de la cuesta; ahora vamos hacía abajo a toda pastilla y si te controlas eres una aburrida que no entiende el espíritu navideño. A mí me salva el turrón. Cuando insisten para que repita digo que estoy dejando sitio para el postre.
También hay que demostrar afecto comprando cosas para regalar. Esta parte no me desagradaría si no fuera obligatoria. Hay personas a las que nunca sabes qué puede gustarles. Por eso se venden tantas colonias. ¿Y qué pasa si no tienes dinero? Que no a todo el mundo le sobra... Pues si no regalas y no te regalan no eres nadie. ¡Eso si que me subleva! Es la victoria de los grandes almacenes. ¡Hay tantas formas de dar amor que no necesitan de paquete y lazo...! Pero el sexo oral no cuenta como regalo navideño.
La falsa amabilidad de los que durante todo el año te dan la espalda y en estas fechas te felicitan antes me molestaba, ahora me da la risa. Ejemplo de que voy aprendiendo a ser tan hipócrita como el resto.
He hablado de imposiciones y de compromisos. En cuanto al cinismo, este año la guinda la pone el director de EITB, que va a emitir, en nombre del pluralismo, el mensaje navideño del rey de algunos (no el mío, porque no soy súbdita de nadie) al mismo tiempo que todas las cadenas generalistas españolas. Como cada día debo ser más bruta, no consigo entender esta pluralidad del pensamiento único que lleva a aceptar como normal a un rey impuesto por un dictador. ¿Lo plural no sería que en alguna cadena se pudiera hablar contra la monarquía?
Si lo piensas te das cuenta de que es una época curiosa. Al parecer, se trata de disfrutar y de ser bondadosos, pero yo diría que está llena de imposiciones, compromisos y un poco de cinismo. Para empezar, hay que celebrarlo en familia -en una familia más o menos convencional-, con lo que aquellos que carezcan de una, si no se pertrechan tras una personalidad resistente, van jodidos. Les da la depre y se emborrachan. Conozco, por lo menos, tres separadas que han hecho pública su intención de pillar una cogorza histórica en estos días.
Otra obligación de la Navidad es comer mucho. Si no quieres ir de rara tienes que excederte y engullir como si acabaras de salir de una gran hambruna. Luego vendrán los empachos, el colesterol, el sentimiento de culpa por el diámetro de la barriga.., pero eso será luego, en la subida de la cuesta; ahora vamos hacía abajo a toda pastilla y si te controlas eres una aburrida que no entiende el espíritu navideño. A mí me salva el turrón. Cuando insisten para que repita digo que estoy dejando sitio para el postre.
También hay que demostrar afecto comprando cosas para regalar. Esta parte no me desagradaría si no fuera obligatoria. Hay personas a las que nunca sabes qué puede gustarles. Por eso se venden tantas colonias. ¿Y qué pasa si no tienes dinero? Que no a todo el mundo le sobra... Pues si no regalas y no te regalan no eres nadie. ¡Eso si que me subleva! Es la victoria de los grandes almacenes. ¡Hay tantas formas de dar amor que no necesitan de paquete y lazo...! Pero el sexo oral no cuenta como regalo navideño.
La falsa amabilidad de los que durante todo el año te dan la espalda y en estas fechas te felicitan antes me molestaba, ahora me da la risa. Ejemplo de que voy aprendiendo a ser tan hipócrita como el resto.
He hablado de imposiciones y de compromisos. En cuanto al cinismo, este año la guinda la pone el director de EITB, que va a emitir, en nombre del pluralismo, el mensaje navideño del rey de algunos (no el mío, porque no soy súbdita de nadie) al mismo tiempo que todas las cadenas generalistas españolas. Como cada día debo ser más bruta, no consigo entender esta pluralidad del pensamiento único que lleva a aceptar como normal a un rey impuesto por un dictador. ¿Lo plural no sería que en alguna cadena se pudiera hablar contra la monarquía?
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