domingo, 10 de diciembre de 2017

Mis sueños me hablan

Tengo una amiga, A, que cree ciegamente en que las cosas pasan por algo y en que atraemos nuestra suerte. Se leyó entusiasmada El secreto y habla del destino como consuelo a muchas de las contrariedades de su vida -que por otra parte, no han sido tantas- . Yo observo una contradicción entre defender, al mismo tiempo, que el pensamiento positivo lo consigue todo y que lo que tiene que suceder sucederá. Le animé a leer Sonríe o muere, pero me dijo, con indulgencia, que no tengo arreglo, que siempre he sido una descreida y además ahora soy una aguafiestas.

Tengo un amigo, B,  al que le gustaría prohibir las referencias a los Reyes Magos en la televisión. Le parece muy grave que se engañe a las criaturas con figuras como el Ratoncito Pérez o Maritxu Teilatukoa en vez de explicarles, simplemente, que los dientes de leche se caen para ser sustituidos por los dientes permanentes. Lleva una cruzada personal contra el Reiki y otras pseudociencias: va arrancando y tirando a la basura cada cartel que se encuentra sobre el tema. Solo acepta lo que la Ciencia defiende. Yo le digo que su fe inquebrantable se ve reforzada por dos circunstancias: es hombre y no tiene hijos. A las mujeres la Ciencia nos ha tildado de histéricas y nos ha agredido de mil formas. Las mentiras científicas sobre las mujeres forman parte del acervo cultural y no desaparecen al mudar de dentadura.

Tengo que decir que soy amiga de ambos, con esa amistad de años de roce y cariño, pero no convivo con ninguno de los dos. Seguramente, no podría. Es factible discutir sobre las opiniones pero las creencias no se negocian. Lo vemos cada día.

Entre el pensamiento positivo como forma de control social y la Ciencia como nueva religión yo me quedo con mis sueños. Mis sueños me hablan, me dan consejos y me muestran el camino por el que transitar para deshacer mis preocupaciones o, al menos, aligerarlas. No voy a escribir un libro sobre ello ni intento convencer a nadie de las ventajas que supone dormir más y mejor para soñar suficiente, pero os aseguro que nada me aclara tanto las ideas como pegar la cabeza a la almohada y ponerme a soñar sin premeditación. Me acuesto con la pregunta y me levanto con la respuesta.

Seguramente, A y B tendrán su propia teoría sobre mi experiencia y llevarán la explicación a su terreno. Yo les pondría juntos a discutir sobre el asunto, mientras me echo una siesta.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Nos quieren sumisas o muertas


Cinco desalmados acorralan a una joven en el descansillo de un portal. La violan entre exclamaciones del tipo: "Quillo, que te toca a ti". Le roban el móvil antes de abandonarla y comentan y difunden su "hazaña". La agresión se denuncia y llega el juicio. Los violadores se declaran "no culpables" ya que, al parecer, consideran que la mujer aceptaba o asumía la situación y a sus ojos esa actitud debe ser sinónimo de consentimiento. Siento un asco profundo. Y casi me provoca el vómito enterarme de que a la víctima, a la joven mujer agredida, se la ha investigado y los informes de ese seguimiento serán utilizados por la defensa de los atacantes ("presuntos" , por favor).

Y yo me pregunto: ¿a quién se está juzgando a los agresores o a la víctima?

¿En qué categoría nos incluyen este tipo de machos sin empatía a las mujeres? ¿Qué concepto tienen de sus madres, hermanas y novias? ¿Cómo se relacionan con sus compañeras de trabajo, con sus profesoras o jefas? ¿Cuál es el límite del "no" para estos elementos?

Y de nuevo, me viene la imagen de la joven y valiente mujer que denuncia y espera justicia y va a ver su prestigio cuestionado por intentar superar el trauma. ¿Cuánto tiene que sufrir una mujer para que no se la cuestione? Nos cuentan que los agresores parecen tan buena gente y tan normales..., hasta que las matan.

Parece que las "buenas" mujeres solo pueden ser sumisas. O cadáveres...

Tendremos que insistir por el camino de la reivindicación y el feminismo, porque como dice la periodista, economista y escritora Katrine Marcal en esta entrevista: 
¿Qué es hoy día ser feminista?
Es la idea radical de que las mujeres también somos seres humanos. En demasiados países las mujeres son tratadas y están consideradas como menos que seres humanos.

Seres humanos.

sábado, 23 de septiembre de 2017

El fin del mundo es todos los dias

He oído algo, un rumor sobre una teoría que anuncia el fin del mundo para hoy, 23 de septiembre, y me he puesto a resolver un sudoku. “Bastante tengo con el fin del verano y el agobio de sacar la ropa de abrigo almacenada hace nada; no estoy para tonterías” me he escuchado a mí misma pensando una frase igualita a la que podría haber dicho mi madre. Con el pasar de los años, las personas, además de hacernos mayores, nos volvemos prácticas.

El fin del mundo…, asunto tan inabarcable e inconmensurable que no me pone nerviosa. La certeza de que los fuertes y los chulos disfrutan pateando flores e ilusiones, sí.  Hay mundos acabándose cada día.  En realidad, cualquier cosa puede suceder en cualquier momento. El fin de todo, también. 

No es de repetir esa obviedad de donde sacamos la fuerza para levantarnos, resistir, mejorarnos, compartir y disfrutar.  Lo de “vive como si fuera tu último día” es solo una pose hipócrita. Los finales redondos están en el cine. En la vida cotidiana son los pequeños –por limitados no por inocuos- desmorones feuchos de nuestros anhelos los que nos roban la energía y sorben el tiempo: la decepción por una recompensa merecida que no llega, la desilusión por una relación amorosa que no cuaja, el desánimo por un malestar físico que no nos abandona…

Ante el vacío que dejan esos mundos soñados que a menudo se nos derrumban ayuda pensar que el sol saldrá también mañana y con él la posibilidad de curar los arañazos, recuperar la alegría y disfrutar de la ternura. No es el miedo lo que nos mantiene sino la esperanza. Somos supervivientes. Sabemos que lo raro es estar vivos, pero la confianza en nuestro propio aliento nos sostiene. 

Y esto vale para las personas y para los pueblos.




 

lunes, 11 de septiembre de 2017

De cuando el tiempo no pasaba deprisa



No queríamos dormir  nos queríamos comer el mundo  No podíamos dejar de estar a solas ni un segundo  Ida y vuelta de la cama  a la alfombra voladora  nos bastaba con dejar pasar  dejar pasar las horas  Horas, horas,  colgados como dos computadoras  Horas, horas,  meta echar carbón en la locomotora  Recorriendo aquel edén  de sólo dos metros cuadrados  ¿Que será de aquel colchón, de aquel colchón tan maltratado?  Allá íbamos tu y yo  llevados por el remolino  nos dejábamos caer, caer,  caer hacia el destino  Durante horas, horas,  colgados como dos computadoras  Horas, horas,  meta echar carbón en la locomotora  No queríamos dormir  nos queríamos comer a besos  No queríamos dejar de cometer ni un solo exceso  Nos venía a saludar en el balcón la luna llena  Nos bastaba con dejar morir  dejar morir la pena  Horas, horas,  colgados como dos computadoras  Horas, horas,  meta echar carbón en la locomotora. Jorge Drexler.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Miedos y fobias


Son palabras sinónimas, aunque la segunda esté más de moda en su acepción de aversión hacia algo. Comparten no solo el significado, también la mala fama social. Parece que el miedo haya que esconderlo, disimularlo e incluso negarlo. “Pero no tengas miedo; si no hace nada…” te suelta el dueño de un mastín sin bozal, mientras el perro te ladra con animadversión; y con esa frase descalifica tu derecho a sentir temor y te pasa el problema a ti, que eres una cobardica, que no te gustan los animales y, por tanto, no sabes apreciar lo leal y cariñosa que es su enorme mascota.

Así que ser valiente está bien visto y tener miedo, no.

Sin embargo, el miedo no es una emoción sobrante y carente de sentido. Tiene su función: nos pone en alerta y nos protege del peligro. Habrá quien vea riesgo donde otros vean oportunidad y, al contrario, quien se ría de la angustia ajena por exceso de valentía o incapacidad de ponerse en los zapatos de otro, pero el recelo hacia lo que consideramos dañoso forma parte de nuestra naturaleza humana. Y yo no voy a negarlo. Tras los atentados de Barcelona y Cambrils tuve miedo y lo tengo aun.

Tengo miedo, y no solo a que la lotería mortífera me toque, a mí o a alguna persona querida. Tengo pavor, por ejemplo, a que nos acostumbremos a que la Policía “abata” a personas –terroristas, si prefieren, pero personas en cualquier caso-, en vez de detenerlas. A que la seguridad acorrale la libertad, y la mayoría aplauda.  A que lo políticamente correcto nos constriña tanto que no se pueda hablar, ni opinar, contra las religiones (todas, el islamismo incluido) sin que te achaquen hacer el caldo de cultivo a una fobia maliciosa. 

Mi temor y mi desconfianza hacia la mediocridad de la clase política se agrandan más y más cuando escucho declaraciones que desvelan su incapacidad. Gilles de Kerchove, el coordinador europeo de la lucha contra el terrorismo, avisa de que volverá a pasar, que nos vayamos acostumbrando. ¿Una década en el cargo y eso es todo lo que tiene que decirnos?

¿Para qué mantenemos a los políticos? ¿Vale con que nos cuenten los problemas o queremos que los resuelvan?

Decididamente, no soy tan arrojada como para acariciar a según que animales ni para comulgar con según que actitudes. Si nos paramos a pensar en manos de quien está el mundo, ¿no es como para angustiarse?

jueves, 3 de agosto de 2017

Turistas somos todos

Va por delante aclarar que mi domicilio está en una ciudad costera, con una playa muy atractiva, y en mi escalera hay, en este momento, dos apartamentos turísticos. Es decir, no hablo desde la ignorancia sino desde la experiencia de quien convive con la industria del turismo sin sacar beneficio económico de la misma.

También quiero remarcar que cuando viajo -por ocio-, me trabajo los recorridos, las estancias y los alojamientos con tiempo. Busco una buena relación calidad/precio de los servicios que voy a contratar e intento llegar al destino con información variada sobre lo que encontraré (veo pelís, leo libros...). Una vez en el lugar, respeto las costumbres locales - por ejemplo, no pretendo que me sirvan una comida a las 16:00 horas donde todo el mundo almuerza a las 13:00-. Y, sí, a menudo me subo en los autobuses turísticos, pago los honorarios de una persona que me haga de guía y me saco fotos allí donde las vistas son más hermosas y los edificos más emblemáticos. O sea, hago vacaciones de turista, cuando puedo y el presupuesto me lo permite.

Una vez enseñadas mis cartas, voy al lío. Me está empezando a caer mal la gente guay que pretende crear una brecha entre viajeros y turistas, entre el turismo alto standing -el que queremos para nuestra ciudad- y ese otro low cost,- sinónimo de gente pobre/hortera/ignorante, dicho todo junto y con desprecio-. No entiendo los ataques a los autobuses llenos de extranjeros igual que no entendía, en su momento, los ataques a los urbanos -a ver cuándo aprendemos que los ricos no necesitan ir en metro, que se mueven en yate y jet privado-.

Vale que el turismo, como la industria metalúrgica o la farmacéutica, necesita de una regulación y que los límites hay que ponerlos antes de que el río se desborde, pero algunos tiran de propuestas númerus clausus -poner tasas, subir precios- , convencidos de que se quedarán dentro del círculo de elegidos y se pueden llevar un chasco cuando descubran que ellos también son low cost para otros.

¿De verdad el enemigo son los turistas? Pues, en ese caso, voy deciros algo que os va a escocer: el enemigo lo llevamos dentro, porque todos y todas somos turistas en algún lugar.

Los que os creeis viajeros -o sea, un nivel más arriba-, cometéis el mismo error que los proletarios que se creen clase media. El espejismo dura hasta que la ola del desempleo te pilla y te baña de realidad: sin salario no eres nada.

Me parece que poner precio a la belleza de un atardecer en la bahía es escupir hacia arriba.

!Feliz verano!

domingo, 9 de julio de 2017

¿La nostalgia es un error?





 !Cuánta belleza en la voz de Yves Montand! Como diría un amigo italiano, si al escucharla no te estremeces es que no eres humano.

La he buscado en el cajón de las canciones perennes para provocarme a mí misma una nostalgia suave, una tristeza bonita -que las hay-.  Y eso porque en una quedada con viejos amigos salió el tema de la nostalgia (ya sabéis, se empieza enseñando fotos antiguas, hablando de conocidos olvidados y se concluye con la evidencia de que el tiempo pasa y las relaciones cambian...).

Yo mantenía, y mantengo, que las amistades verdaderas -no confundir con los amores- no se pierden. Si acaso, se transforman. Pero si una persona no ha pasado por tu vida en décadas porque ni la has buscado ni te ha buscado... era prescindible. No forma parte de tu paisaje o porque ella no ha querido o porque tú no has querido, pero no por casualidad.

Elegimos continamente, día a día, cómo relacionarnos con nuestros compañeros de vida. En los extremos están los obligados y los deseados. Y en el medio, un montón de personas con más o menos importancia. Los recordamos o los olvidamos, con intención.

Por eso, opino que el sentimiento nostálgico, esa melancolia delicada originada por la añoranza de una dicha que fue y ya no es, queda muy bien en las letras de los boleros y los tangos, pero en la vida real puede ser un incordio.

Si el recuerdo del sabor irrecuperable de los melocotones de la infancia impide disfrutar de la fruta actual es mejor borrarlo o escribir sobre él,- disfrutar y paladear ese estado de ánimo a solas-, guardar una copia de seguridad, y resetear el disco duro antes de salir a la calle. Eso o aceptar sufrir el desencuentro de que nosotros vivamos en el ayer cuando el resto está en el hoy.