sábado, 9 de marzo de 2019

viernes, 8 de marzo de 2019

El feminismo nos cobija a todas



Mi madre fue siempre machista, más machista que mi padre en realidad. Mis hermanas y yo podíamos contar con su complicidad siempre que nuestros actos no cuestionaran el rol de las mujeres en el mundo; el suyo, se entiende. Así que crecimos y maduramos contra ella, más que con ella. En una discusión permanente sobre su manera de "ser mujer" y la nuestra. No sé si eso nos ha hecho más fuertes y lúcidas, pero, sin duda, nos ha hecho resistentes.

Tampoco sé si es más fácil tener una madre feminista -podemos ser muy pesadas las madres cuando se trata de dar ejemplo-. Mi hija el machismo lo ha sufrido más fuera de casa que dentro - la reflexión es suya- y, desde luego, no tiene reparos en combatir en ambientes masculinizados hasta encontrar su sitio, pero tiene que soportar las consecuencias de relaciones líquidas e inconsistentes  que yo no conocí. Al final, cada cual es hija de su tiempo, no solo de su familia.

Ayer mi madre me sorprendió al decirme que las amigas del coro habían organizado una comida por el 8 de marzo; que ellas también son mujeres y quieren festejarlo y reinvindicarse. Me hizo ilusión escucharla. No importa cómo ni por qué camino llegamos si de lo que se trata es de encontrarse.

Lo cierto es que hoy las tres (abuela, madre e hija) vamos a celebrar el 8 de marzo. Y con nosotras, miles y miles de mujeres -millones si abrimos el foco- que, por un día, van a coincidir en ver lo que les iguala y en exigir lo que necesitan: el derecho a extender sus alas, como la mujer cuántica de la canción. 



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sábado, 2 de febrero de 2019

Notte di febbraio

Tu sei dentro quella vita che vorrei..



viernes, 28 de diciembre de 2018

...Y quitan las cabinas telefónicas

Este año se me ha ido exageradamente rápido. El correr frenético de los meses me ha pillado tan desprevenida que no podía creerme que mi viejo coche tuviera que pasar de nuevo la ITV, cuando ha llegado diciembre. Habría jurado que acababa de superar la inspección. Si no fuera porque tengo una agenda en la que apunto todo y a la que le quedan tres páginas en blanco no me creería que 2018 se acaba.

Los cambios a mejor, la buena salud, la ausencia de problemas gordos o todo a la vez, no sé el motivo, pero lo cierto es que el año ha fluido y yo con él. ¿Soy solo yo la que siente que a partir de los 40 la vida coge velocidad?

Estos últimos días, antes de entrar en el 19, los he dedicado a limpiar con paciencia y en profundidad diversos armarios. He recuperado objetos que creía perdidos y he tirado otros muchos que no guardan ya ningún sentimiento, solo polvo. Y me he enfrentado a la que era yo hace unos cuantos años. Me he reencontrado en fotos, escritos, lecturas... Es bonito y extraño reconocer a la que fui.
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Mi hija me ha dicho-ya ha llegado también ese día- lo joven que se me ve en las fotos de hace una década y he comprobado que mi caligrafía es cada vez peor y tampoco escribo cosas más interesantes ahora...

En fin, que en medio de un repaso sereno de los años pasados de mi vida - !tenía guardados apuntes del año 2000 !- me llega la noticia de que las cabinas telefónicas tienen sus días contados y ahí ya sí, me he sentido prehistórica. Porque llamar desde una cabina era algo usual antes de que llegaran los móviles -que no han estado siempre- y a ver cómo haré para explicar a mi sobrina recien nacida que hubo una época en la vivíamos sin el teléfono en el bolsillo y, además, no había aparato en todas las casas. Por eso las cabinas eran importantes. Le va a a sonar tan lejano como a mí los lavaderos municipales.

Me despido del año viejo y recibo el nuevo asumiendo que solo tenemos el presente y la juventud es un estado de ánimo (para los mayores de 35 básicamente; los otros no lo ven así) y los recuerdos pueden resultar un cálido cobijo en días de frío pero no conviene abusar.

Os deseo que acertéis en la elección de qué tirar y qué conservar para seguir caminando con un equipaje ligero de obligaciones y repleto de afectos.

 Y de regalo: un poema de Sarrionandia, musicado por MICE.





domingo, 23 de septiembre de 2018

Un punto en el mapa

Ha sido el tema de la semana. La banalidad elevada a noticia de informativo prime time. La versión en inglés de un folleto turístico institucional -donde la CAE se coloca erróneamente en la mitad de la meseta- ha dado para hablar mucho y a mucha gente. Sobre todo en las redes sociales que son el altavoz moderno de las conversaciones de taberna pero, en mi opinión, igual de irrelevantes.

He echado de menos que alguien, algún medio de comunicación ya que lo han considerado noticia, pusiera el foco en las consecuencias del error: nimias. (Ni siquiera el montante económico es notable. Pensemos, por un momento, en lo que se destina a coches oficiales y gastos de representación. Solo por comparar).

Mientras nos entretenemos, y nos entretienen, con bobadas, no nos enredamos con asuntos más importantes, o sea, de los que tienen un reflejo más crudo en nuestro día a día. ¿Para cuándo un debate riguroso sobre el precio de la electricidad, la dependencia energética, el poder de las grandes multinacionales? No. Eso nos supera. Nos enfadamos cuando llega la factura y seguimos haciendo chistes sobre el punto desviado de un folleto en inglés.

Que no digo que haya que obviar los errores... El camino de la excelencia está lleno de equivocaciones. Sirven para mejorar. En este caso también: seguro que a partir de ahora alguien mirará con más interés las pruebas de imprenta. Pero es que me parece que somos despiadados en la tienda de caramelos -que no se desvíen al darnos los céntimos del cambio, por favor- mientras no decimos ni pío cuando la factura abusiva nos la coloca un restaurante o una marca de ropa.

A la Administración hay que exigirle que haga las cosas bien: los folletos y todo lo demás. Por ejemplo, los exámenes de las convocatorias públicas de empleo. Y hay que tener la perspectiva suficiente para distinguir entre los sucesos novedosos y con interés general de las bagatelas. Con lo caro que se vende el minuto en  la televisión pública dedicarlo a los errores de un folleto... Me escandaliza. 

Pero, por otra parte, qué podemos esperar de una práctica periodística que se pasa el verano contándonos que hace calor y en invierno abre los informativos diciendo que ha llegado el frío. Estamos cada día más abobados/as.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Ferragosto jubiloso

Un cambio de lugar de trabajo e, indirectamente, un cambio de domicilio están haciendo que este verano sea diferente a los anteriores. Para empezar, por los tiempos. El 15 de agosto - el ferragosto italiano- solía ser el inicio de la recta final de mis vacaciones y este año es justo el primer día.

Quizá ya lo haya dicho aquí alguna vez: el primer día de vacaciones del periodo veraniego es para mí, - desde siempre- uno de los momentos más alegres, optimistas y gloriosos del año. De cada año.

Despertarme sin la intromisión del despertador y ser consciente de que ese día y los siguientes mi tiempo será mío y solo mío y lo podré utilizar como me plazca me llena de dicha.

Si le añades que hace sol, tengo el cuerpo contento y buena compañía, ya puedo decir que soy feliz. Que es lo mismo que disfrutar haciendo lo que quiero, con quien quiero y cuando quiero, sabiendo que la nómina llegará puntual a final de mes. 

Pero es que, además, este año he tenido bastante verano antes de llegar a las vacaciones. En junio fui en busca del calorcito, me quité los calcetines pronto y estoy comiendo helados como si fuera extranjera -haga frío o haga calor- . Algo inusual en mí.

El chute de vitamina D y el atracón de azúcar han elevado tanto mis niveles de optimismo que he comenzado a escribir mi primera novela.

No voy contar nada más de este proyecto hasta que lo acabe. Entretanto, si os preguntáis qué hago que no actualizo el blog, os doy la respuesta correcta: estoy jugando a ser escritora.

Os dejo una canción.