domingo, 9 de mayo de 2021

La patria era el bar



Lo siento por el personal sanitario. Tanta admiración y aplauso, y ahora les dejamos a su suerte. Son los mayores damnificados de esta lucha entre poderes: el político, el judicial, el económico...

El mensaje fue claro desde el inicio, pero con el shock del confinamiento no supimos, o no quisimos, interpretarlo: había que aprender a convivir con el virus. O sea, acostumbrarse. Se nos exhortaba  a hacer hueco en nuestra vida cotidiana para las mascarillas, la distancia personal, las cifras de contagios, los confinamientos por contacto, los ingresos en UCI y la muerte. A cambio, nos han ofrecido desinformación y regañinas, junto con promesas de una mejora a plazos que, como el mar, funciona por mareas: ola arriba, ola abajo.

El reforzamiento y la mejora del sistema público de salud quedaban aplazados para tiempos mejores. 

Y así  hemos llegado hasta aquí, mentalmente exhaustos, cada cual aferrado a su argumento, para descubrir que el terreno a defender era el bar. La libertad de consumir y hacer caja le ha ganado la batalla a la solidaridad. 

A partir de ahora, que se mueran los feos que ya tenemos nueva diana: las personas que voluntariamente decidan no vacunarse van a ser señaladas como apestadas. Porque nada une más que un enemigo común. 





lunes, 8 de marzo de 2021

De pronto, hace un año de todo


A la pantalla de mi móvil saltan imágenes de mi vida hace ahora un año. La víspera de que la pandemía nos mostrara su rostro, tuve un fin de semana de celebraciones familiares y de amistad. Más de 20 personas en torno a una mesa, hablando, comiendo, riendo, tocándonos... 

Las fotos muestran personas ajenas a contagios y cuarentenas. Después llegarían el confinamiento y el teletrabajo. Y la convivencia con una enfermedad que ha puesto la cotidianidad patas arriba y nos ha mostrado, crudamente, las costuras de nuestras certezas.

¿Entonces éramos felices? Visto desde el ahora, sin duda. Y hoy ¿lo somos? Cada cuál tendrá que buscar su respuesta. 

Yo me he hecho una lista de las cosas positivas que, para mí, ha tenido el 2020. Son varias e interesantes. Quizá habría llegado al mismo lugar sin la pandemía, nunca lo sabré.

Lo que sé es que en este periodo extraño y difícil he desarrollado mucho mi capacidad para el disfrute; me he hecho más selectiva en cuanto a las compañías, los lugares y los tiempos; más sensible (el calor me parece más cálido, el aire, más fresco), y aprecio mejor los afectos y el silencio. 

A ratos, diría que todo consiste en resistir. Y en eso las mujeres como yo estamos entrenadas.




domingo, 14 de febrero de 2021

Mantieni il bacio



Es el amor el que nos salva de la herida del mundo 

 È l'amore che ci salva dalla ferita del mondo. Mantieni il bacio letra traducida. Michele Bravi.



domingo, 20 de diciembre de 2020

Nueve meses sin veros sonreír


Para empezar hay que aclarar que estamos bien _ ¿En casa todos bien?_ es la pregunta obligada, _ Sí, sí, de momento, bien_ respuesta que indica que no ha habido contagios o, si ha ocurrido, los daños no han sido irreparables. 

Así que tenemos mucha suerte, porque de las tres cosas de la vieja canción (salud, dinero y amor) mantenemos saldo positivo en todas. Justito, quizá, pero sin números rojos. 

Una vez dicho esto, -los suertudos que somos-, entramos en la zona de la queja, el malestar y el resentimiento contra este tiempo -nueve meses ya- de vida con restricciones, en alerta, del trabajo a casa y de casa al trabajo...

La anormalidad de no relacionarnos, de no tocarnos, de no besarnos, nos ha convertido en seres frágiles y tristes. Afortunados y, sin embargo, taciturnos y temerosos. 

Espero que este año extraño haya servido, al menos, para entender cuánto significamos los unos para los otros. 

Os he echado de menos. Cuidaos y seguid resistiendo. Nos vemos en el 2021. 


viernes, 23 de octubre de 2020

Ellos, nosotras, todos

Ellos, líderes mediocres y feroces, tienen un discurso: hay que aprender a convivir con el virus. Lo que se traduce en: hay que acostumbrarse y aceptar la muerte y el sufrimiento causados por el covid-19. Y nos instan a seguir impulsando la rueda. Que no pare. Es responsabilidad individual no infectarse. Nos dan recomendaciones para luego abroncarnos por no cumplir. "Te lo dije. La culpa es tuya, por ser débil, viejo, pobre...". Selección natural.

Nosotras, personas afectadas y perplejas, sentimos rabia y miedo. Nos creíamos a salvo. Protegidas por un sistema eficaz, que se ha desvelado insuficiente, incapaz, lleno de fallos. Entre la incredulidad y la negación, no acabamos de asumir la realidad: nuestras vidas de caramelo, dulces, brillantes, frágiles, no nos aseguran un mañana. El futuro nunca fue una certeza. Para nadie. 

Todos, parte de esta mierda de sociedad, deberíamos reflexionar sobre la ausencia de ética, exacerbada por el egoísmo al alza, que nos anima a pensar, a creer, a decir que los que sucumben son mayores y enfermos, previamente tocados por otras dolencias. Son los otros, los excedentes. No productivos demandantes de recursos. Ausencias asumibles, mientras no caigan cerca. 

Todas nosotras, personas anónimas, somos la causa de que ellos sean los líderes. Les hemos puesto ahí. Seamos x o y, formamos parte de la ecuación. La incógnita no se despejará sin nuestra participación. !Hagamos algo! Algo que nos humanice, algo que cuando todo pase  -siempre pasa-  los que queden -siempre queda alguien- puedan contar sin avergonzarse. 

Somos mortales. Tenemos final. Pero el cómo y el cuándo importan. Demostremos que importa. Que nos importan. 





domingo, 21 de junio de 2020

Tres meses, el pensamiento mágico y la anormalidad

Vais a permitir que no me emocione con el fin del estado de alarma, pero es que llevo semanas viajando en transporte público, rodeada de personas anónimas, cada vez más, cada vez más cerca... Compartir espacio cerrado, codo con codo, con gente enmascarada me impide sentirme en la normalidad, ni vieja ni nueva. 

¿Lo peor pasó? Bueno, es así en mi calle del mundo, pero esto es como la rotación solar -cuando aquí luce en otro lugar del planeta es de noche (150.000 contagios el jueves)-.  Ahora hablamos más de lo que se puede hacer que de lo que no. Se repiten los llamamientos a la responsabilidad individual y el pensamiento mágico coronafree se extiende por terrazas y comunidades: a nosotros, -supervivientes de la primera ola- no nos puede pasar. Es como creer que si me tapo los ojos los demás no me ven. 

¿Nos han cambiado estos tres meses? Claro que no. Yo soy más yo. Más harta del postureo y del hacer que hacemos. Cada vez más cabreada y más consciente de que lo importante se escapa cuando aceleramos para cumplir con todo. Nos la pasamos corriendo de una obligación a otra. Pararnos tuvo su parte buena. Isaac Rosa lo explica con acierto.

Ahora toca de nuevo acelerar para reactivar la economía. Nos quieren productivos y consumidores, que no ociosos gratuitos. Sal a trabajar, júntate para gastar, pero no socialices gratis que se cae el sistema. Este sistema sostenido por una multitud sin tiempo para nada. Personas a las que no les da la vida. !Qué expresión tan clarificadora y cruel! Si la vida no nos da para vivir, ¿en qué la estamos gastando?

Pero no nos pongamos demasiado reflexivos que hemos salido de esta y es domingo. Toca ser discretamente felices. Cada cual como elija o pueda. Por ejemplo, escuchando en bucle, una y otra vez, versiones de una misma bellísima melodía. Keith Jarret My Song



jueves, 14 de mayo de 2020

Desconfinamiento: LA CONFUSIÓN

El gran error de la comunicación gubernamental en este momento de salida de la madriguera es no explicar crudamente la realidad.

Dulcifican el mensaje, para intentar agradar supongo, y acaba pasando que nos enredamos en si las franjas horarias son buenas o malas para nuestros intereses personales, si la mascarilla es más o recomendable y/o soportable, que si las terrazas, que si las fiestas patronales...

Todo se simplificaría si dijeran alto y claro cuál es la diferencia entre ahora y hace dos meses.

Repasemos: el virus es el mismo - igual de contagioso y desconocido-, tratamiento no tenemos; vacuna, tampoco. Lo distinto es que gracias al confinamiento se ha reducido de manera considerable la velocidad de contagio y, en caso de enfermar, tendremos una cama en el hospital. O sea, hemos superado la fase de colapso del sistema sanitario.

Eso es todo. Igualmente podemos enfermar, pero, al ser menos, nos pueden cuidar mejor.

La tan anhelada normalidad es una ilusión. El riesgo no ha bajado. Si suben los contagios volveremos a la casilla de inicio.

A no ser que queramos aceptar como normal al COVID-19, sus cifras diarias de mortalidad y una asistencia sanitaria selectiva, atendiendo a las personas según criterios de productividad.

Algunas voces ya han perdido la vergüenza y lo declaran sin pudor: que se mueran los viejos. Y si la cifra final resulta poco estética, dejamos de contarlos.

Ellos hablan, y el resto ¿cuándo pasaremos de aplaudir a reivindicar?