domingo, 7 de julio de 2019

Coco y dulce de leche

Los dos sabores de mi primer helado de este verano. Una bomba de azúcar. Ya lo sé. Me hacía falta. Estaba en un momento de debilidad mental y física. Me lo comí mientras paseaba, sola, y me sentó de cine. Era justo el 21 de junio.

El segundo de la temporada ha sido de chocolate belga. Impresionante chocolate. Y con compañía divertida, además.

Me gusta contar mis años por veranos. Quizá porque es la estación en que más viva me siento. Yo cumplo veranos, y tomo helados -pocos- solo cuando hace calor. En mi infancia los prefería de hielo (polo de naranja o polo de limón). Nos dejaban la lengua manchada de color. Ahora, por lo general, me gustan más sustanciosos y cremosos. Como para mí son una excepción y no una costumbre, suelen ir unidos a alguna vivencia gozosa.

Guardo con deleite el recuerdo de una granita (granizado) de mora en el paseo marítimo de Brindisi (Italia). Todo era bueno: el entorno, el tiempo, la compañía...y el sabor. Insuperable. Uno de esos momentos que mientras está ocurriendo te hace ser consciente de lo raro que es vivir una perfección así.

Os cuento esto para deciros que mi próximo helado me lo voy a tomar en el Coppelia de La Habana. No sé qué sabor tendrá, -el que toque ese día- y seguramente habrá tremenda cola para conseguirlo, pero son tantas las ganas que tengo y tanto el tiempo que he tardado en cumplir el sueño de este viaje al Caribe, que va a ser uno de los helados/viajes/veranos más importantes de mi colección. Y luego, me iré a bailar.

En algún sitio he leído que "ser feliz no es escapar de la tormenta, sino saber bailar bajo el diluvio". Y de eso, los cubanos y las cubanas saben un rato. !A ver si se me pega!







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