Siempre me entra la flojera. Justo un par de días antes, porque la víspera suelo estar tan atareada que ya no hay sitio para la pereza.
Hay quien me dice que no es sano estar pensando en un nuevo destino tan pronto como se vuelve del último viaje, pero yo no veo que sea tan malo encadenar una ilusión con la siguiente. Porque a mí viajar me ilusiona. El problema es el cansancio. A veces no ando sobrada de energía y para moverse hace falta.
! Hay tanto por ver!
Tengo grabada en la memoria la decepción que sufrí, de cría, cuando me percaté de que no importaba cuántos años viviera ni cuánto tiempo le dedicara: nunca conseguiría leer todos los libros interesentes escritos, ni siquiera en un sólo idioma. Se me cayeron encima todos los límites. Tanta curiosidad no se puede saciar en una sola vida.
Pero antes de partir sólo veo los inconvenientes -soy de las que mete en la maleta remedio contra todo- porque contra lo que pueda parecer mis viajes no son huidas. A mí me encanta estar aquí, donde estoy. Es justo adonde siempre quiero volver.
Viajando me reafirmo en lo corto que es el tiempo de la novedad y lo extenso que resulta el de la repetición. Sé que la necesidad me libera la lengua, que en todas partes hay gente amable, que los hoteles de cuatro estrellas me gustan más que los de tres y que, en realidad, en cualquier sitio se puede estar bien si no te duele nada.
Vale. No se puede plantear la existencia como una carrera contra el tiempo, pero, en serio, siete vidas serían aún poco...
sábado, 27 de marzo de 2010
sábado, 20 de marzo de 2010
Cada vez nos conformamos con menos
Se lo escucho decir a Enric González en la entrevista que quería adjuntar pero el programa no me deja (se puede ver en http://www.youtube.com/watch?v=Bi3ZruAgEPQ) y hago mía la frase. Es verdad.
El poder de la masa reduce la exigencia. El “entre todos” se utiliza para diluir cualquier cosa, como si unos no fueran siempre más responsables que otros. Esta es la tendencia actual: todos opinando sobre todo. Cuanto menos se sepa del tema, mejor. La tertulia mal entendida. ¿Qué es Belén Esteban sino la vulgaridad elevada a líder de opinión? Tener méritos es un desmérito. No es que todas las opiniones valgan igual es que parece que valen más las menos facultadas. Es una trampa.
Me cuentan un ejemplo. Un equipo de trabajo dedica semanas a elaborar un plan estratégico -el tema da igual- , discusiones, reflexiones, un canto a la transversalidad, hasta lograr el consenso. Paren un texto. En la última sesión, la de la corrección definitiva, se incorpora un nuevo miembro. El recién llegado no sabe nada del asunto ni del proceso. Es ajeno. “Una visión sin prejuicios” dice el jefe (a veces, al conocimiento algunos lo llaman prejuicio). Se le requiere opinión, qué entiende, qué le disgusta… Suelta lo que puede, lo que se le va ocurriendo. El jefe, hábil manipulador, utiliza las afirmaciones que le convienen para acabar modelando el discurso consensuado según sus preferencias. El argumento: el nuevo -el ignorante- tiene una visión más limpia.
Nos hacen creer que participamos pero o damos la opinión que le gusta al poder o nos explusan a los márgenes. Sólo hay que escuchar las noticias.
Un grupo de hombres extranjeros, de vacaciones, entra a un supermercado el mismo día que un tiroteo en un paraje cercano deja un policía muerto. Sospechosos. Sus rostros en todos los telediarios. Incluso se les reparten nombres y cargos. El fomento de la delación lleva a esas cosas. A alguien le pareció, el siguiente se lo creyó y el tercero envió la orden de búsqueda y captura. ¡Como ese sea el rigor que usan para todo!
También nos hablan de Roldán, el cargo político farsante que robó a manos llenas. Va en autobús en el que será su último recorrido de la cárcel a la ciudad. Lleva haciéndolo cinco años. Desde que le concedieron el régimen de semilibertad. Pero la de hoy es la definitiva. Dormirá en casa de sus padres. Intenta hacernos creer que no tiene dónde caerse muerto. Sin embargo, fuentes de la investigación le adjudican un piso en París y una villa en las Antillas, además de millones de euros en paraísos fiscales. Nada se ha podido hacer para recuperar el dinero. Todavía le veremos en un programa de telebasura reclamando para sí el salario social. Y será líder de audiencia.
El poder de la masa reduce la exigencia. El “entre todos” se utiliza para diluir cualquier cosa, como si unos no fueran siempre más responsables que otros. Esta es la tendencia actual: todos opinando sobre todo. Cuanto menos se sepa del tema, mejor. La tertulia mal entendida. ¿Qué es Belén Esteban sino la vulgaridad elevada a líder de opinión? Tener méritos es un desmérito. No es que todas las opiniones valgan igual es que parece que valen más las menos facultadas. Es una trampa.
Me cuentan un ejemplo. Un equipo de trabajo dedica semanas a elaborar un plan estratégico -el tema da igual- , discusiones, reflexiones, un canto a la transversalidad, hasta lograr el consenso. Paren un texto. En la última sesión, la de la corrección definitiva, se incorpora un nuevo miembro. El recién llegado no sabe nada del asunto ni del proceso. Es ajeno. “Una visión sin prejuicios” dice el jefe (a veces, al conocimiento algunos lo llaman prejuicio). Se le requiere opinión, qué entiende, qué le disgusta… Suelta lo que puede, lo que se le va ocurriendo. El jefe, hábil manipulador, utiliza las afirmaciones que le convienen para acabar modelando el discurso consensuado según sus preferencias. El argumento: el nuevo -el ignorante- tiene una visión más limpia.
Nos hacen creer que participamos pero o damos la opinión que le gusta al poder o nos explusan a los márgenes. Sólo hay que escuchar las noticias.
Un grupo de hombres extranjeros, de vacaciones, entra a un supermercado el mismo día que un tiroteo en un paraje cercano deja un policía muerto. Sospechosos. Sus rostros en todos los telediarios. Incluso se les reparten nombres y cargos. El fomento de la delación lleva a esas cosas. A alguien le pareció, el siguiente se lo creyó y el tercero envió la orden de búsqueda y captura. ¡Como ese sea el rigor que usan para todo!
También nos hablan de Roldán, el cargo político farsante que robó a manos llenas. Va en autobús en el que será su último recorrido de la cárcel a la ciudad. Lleva haciéndolo cinco años. Desde que le concedieron el régimen de semilibertad. Pero la de hoy es la definitiva. Dormirá en casa de sus padres. Intenta hacernos creer que no tiene dónde caerse muerto. Sin embargo, fuentes de la investigación le adjudican un piso en París y una villa en las Antillas, además de millones de euros en paraísos fiscales. Nada se ha podido hacer para recuperar el dinero. Todavía le veremos en un programa de telebasura reclamando para sí el salario social. Y será líder de audiencia.
domingo, 7 de marzo de 2010
!Tóxicos fuera!
No me refiero a la comida basura, ni al tabaco o al alcohol sino a algunas personas. Gente con tal carga negativa que contagian su negrura, absorben tu alegría; no se confirman con complicarte la vida, si pueden, te la amargan.
¿Quién no se ha encontrado alguna vez un tóxico en su camino? Un jefe impredecible y arbitrario, un vecino envidioso, un compañero traicionero, un abusón que siempre está resaltando los defectos ajenos… Gente tóxica. La categoría fue popularizada por la norteamericana Lilian Glass en su best seller “Toxic people”. En el libro advierte que la raíz de todo son los celos. Según la autora, nadie es sano al cien por cien, ni física ni psicológicamente. Y es que todos podemos ser fastidiosos para otros.
Pero algunos están especialmente amargados; son envidiosos de la alegría ajena, y desean que todo el mundo sea infeliz. Creo que, sin teorizar ni leer investigaciones, cualquiera puede notar que hay encuentros que nos dan y otros que nos quitan. Y que hay personas con poca capacidad para disfrutar de la vida. Gente que te pone enferma.
La única defensa es no permitirles el acceso a tu intimidad. Lo malo es que a veces su proximidad te es impuesta. Yo me defiendo imaginando que son “dibus”. Los veo como un dibujo animado que lleva sobre la cabeza un nubarrón negro, a punto de tormenta. Y sabiendo que su respuesta a todo siempre es no, no, no.
La mejor solución es sacarles de tu vida, desprenderse de cualquier emoción con respecto a la persona venenosa, no sentir ni frío ni calor. No entregarse. Yo con algunos practico todos los días.
¿Quién no se ha encontrado alguna vez un tóxico en su camino? Un jefe impredecible y arbitrario, un vecino envidioso, un compañero traicionero, un abusón que siempre está resaltando los defectos ajenos… Gente tóxica. La categoría fue popularizada por la norteamericana Lilian Glass en su best seller “Toxic people”. En el libro advierte que la raíz de todo son los celos. Según la autora, nadie es sano al cien por cien, ni física ni psicológicamente. Y es que todos podemos ser fastidiosos para otros.
Pero algunos están especialmente amargados; son envidiosos de la alegría ajena, y desean que todo el mundo sea infeliz. Creo que, sin teorizar ni leer investigaciones, cualquiera puede notar que hay encuentros que nos dan y otros que nos quitan. Y que hay personas con poca capacidad para disfrutar de la vida. Gente que te pone enferma.
La única defensa es no permitirles el acceso a tu intimidad. Lo malo es que a veces su proximidad te es impuesta. Yo me defiendo imaginando que son “dibus”. Los veo como un dibujo animado que lleva sobre la cabeza un nubarrón negro, a punto de tormenta. Y sabiendo que su respuesta a todo siempre es no, no, no.
La mejor solución es sacarles de tu vida, desprenderse de cualquier emoción con respecto a la persona venenosa, no sentir ni frío ni calor. No entregarse. Yo con algunos practico todos los días.
sábado, 6 de marzo de 2010
Derecho al delirio
Vídeo realizado por Nerea Ganzarain sobre un texto de Eduardo Galeano, narrado por el mismo autor.
sábado, 27 de febrero de 2010
¿Estás en Tuenti?
¿O en Facebook? Esta debe ser la pregunta que se hacen ahora los jóvenes al conocerse. El "estudias o trabajas" es rotundamente anacrónico ahora que estudiar se ha alargado hasta los 30 y trabajar necesita de mucha explicación adyacente. ¿Quién trabaja a secas? Se puede ser contrato basura, en prácticas, por obra, economía sumergida, esclavo por horas, rico funcionario o hasta parado ( !si será vieja la pregunta entrecomillada que no contemplaba el agujero del paro! ).
Estamos en que ahora lo que marca es la pertenencia a una red social. Tuenti es para los más jovencitos. No entra cualquiera; otro miembro tiene que invitarte. En Facebook es tan fácil hacerse un hueco que ya hay 300 millones de usuarios. Y hasta los diccionarios prestigiosos acomodan sus acepciones al nuevo fenómeno. El New Oxford American Dictionary eligió como palabra del año 2009 "Unfriend" verbo que significa la eliminación de una red social de una persona que antes era considerada como un amigo. El "ya no te ajunto" de la infancia elevado a término sofisticado.
Hay preocupación sobre el uso y el abuso de estas plazas públicas vía Internet. La información deja rastro. Esa foto de la juerga en la playa la pueden usar para despedir al trabajador que fingía una depresión. Tu jefe, la pasma, todos los poderes oscuros rastrean la Red para conocer lo que no quieres que sepan.
Cuando se inventó el teléfono seguro que también creó desconfianza en algunos sectores. Hay gente que no sabe usarlo. Grita y no da información sólo la pide. "¿Quién eres?" "¿Quién eres"? y resulta que han llamado ellos. Mi abuela, una a la que conocí ya muy vieja, decía que ese aparato sólo había que usarlo para emergencias.
Más prehistoria tecnológica: los porteros automáticos. Tuvo que ser un gran cambio pasar de la aldaba (parecía un código secreto: primer piso derecha, un golpe; segundo izquierda, dos y repique) a la puerta abierta y cerrada a distancia.
Internet ha cambiado los canales y las formas de comunicación. Es interesante y divertido lanzar mensajes a gente que no es conocida y recoger otros que no se escribieron pensando en ti. Hay bastante información y mucha, muchísima basura. Así que navegar implica un aprendizaje más. ¿Puede ser peligroso? Seguro que sí. Como dejarse la puerta de casa abierta mientras se duerme. No sabes si puede entrar alguien indeseable. Cuestión de sentido común.
Más peligroso veo yo que el continente nos encante y se coma al contenido. Lo importante sigue siendo lo que se dice. El significado es el que nos llega. Y todo suma, sin que las formas más clásicas de expresión hayan perdido valor. Por ejemplo, algo tan humilde como silbar puede estar lleno de intención. Y si no, que se lo pregunten al Borbón.
Estamos en que ahora lo que marca es la pertenencia a una red social. Tuenti es para los más jovencitos. No entra cualquiera; otro miembro tiene que invitarte. En Facebook es tan fácil hacerse un hueco que ya hay 300 millones de usuarios. Y hasta los diccionarios prestigiosos acomodan sus acepciones al nuevo fenómeno. El New Oxford American Dictionary eligió como palabra del año 2009 "Unfriend" verbo que significa la eliminación de una red social de una persona que antes era considerada como un amigo. El "ya no te ajunto" de la infancia elevado a término sofisticado.
Hay preocupación sobre el uso y el abuso de estas plazas públicas vía Internet. La información deja rastro. Esa foto de la juerga en la playa la pueden usar para despedir al trabajador que fingía una depresión. Tu jefe, la pasma, todos los poderes oscuros rastrean la Red para conocer lo que no quieres que sepan.
Cuando se inventó el teléfono seguro que también creó desconfianza en algunos sectores. Hay gente que no sabe usarlo. Grita y no da información sólo la pide. "¿Quién eres?" "¿Quién eres"? y resulta que han llamado ellos. Mi abuela, una a la que conocí ya muy vieja, decía que ese aparato sólo había que usarlo para emergencias.
Más prehistoria tecnológica: los porteros automáticos. Tuvo que ser un gran cambio pasar de la aldaba (parecía un código secreto: primer piso derecha, un golpe; segundo izquierda, dos y repique) a la puerta abierta y cerrada a distancia.
Internet ha cambiado los canales y las formas de comunicación. Es interesante y divertido lanzar mensajes a gente que no es conocida y recoger otros que no se escribieron pensando en ti. Hay bastante información y mucha, muchísima basura. Así que navegar implica un aprendizaje más. ¿Puede ser peligroso? Seguro que sí. Como dejarse la puerta de casa abierta mientras se duerme. No sabes si puede entrar alguien indeseable. Cuestión de sentido común.
Más peligroso veo yo que el continente nos encante y se coma al contenido. Lo importante sigue siendo lo que se dice. El significado es el que nos llega. Y todo suma, sin que las formas más clásicas de expresión hayan perdido valor. Por ejemplo, algo tan humilde como silbar puede estar lleno de intención. Y si no, que se lo pregunten al Borbón.
sábado, 13 de febrero de 2010
Vamos a contar mentiras...
Por ejemplo, que el euskara se valore en exceso en las pruebas de acceso al sector público. Sólo hay que acercarse a una oficina de la Administración vasca y contar -uno, dos, tres...- cuantos funcionarios son capaces de expresarse en euskara. La mayoría no sabe. Y no parece que ese desconocimiento les supusiera ninguna traba para conseguir el puesto.
En una oposición, una vez superadas las pruebas comunes, los candidatos vascoparlantes consiguen más puntos que los que sólo conocen el castellano. Para acabar con ese privilegio, en el Parlamento proponen "adaptar la política lingüística a la realidad". ¿Y cuál es la realidad? Depende desde dónde se quiera mirar.
Un euskaldun -pagador de impuestos con los que se contrata y se abona mensualmente el sueldo del empleado público- tiene que acomodarse al idioma que el funcionario conoce. Esa es la realidad. Y también es real el dinero que se gasta -cantidad nada despreciable pagada a escote- en traducciones oficiales y cursos de euskara porque el personal no está capacitado para hacer su trabajo en los dos idiomas oficiales.
No sorprende que la solución que proponen sean rebajar la exigencia del conocimiento cuando muchos, muchísimos de los cargos públicos no saben euskara -el parlamento es un buen reflejo de esa ignorancia- y se asume con normalidad que se nombre un director de televisión y radio públicas que no es capaz de comunicarse en uno de los idiomas que utiliza algunos de los medios de comunicación que dirige. Si no se lo exigen a sí mismos, por qué se lo van a exigir a un auxiliar administrativo.
Entre la realidad real y la realidad virtual a la que nos llevan hay un camino de mentiras repetidas y propaganda engañosa. Si al menos les creciera la nariz como a Pinocho… Pero hoy es sábado, y no estoy dispuesta a dejarme amargar un sábado. Les borro de mi mente y elijo soñar con un mundo al revés.
En una oposición, una vez superadas las pruebas comunes, los candidatos vascoparlantes consiguen más puntos que los que sólo conocen el castellano. Para acabar con ese privilegio, en el Parlamento proponen "adaptar la política lingüística a la realidad". ¿Y cuál es la realidad? Depende desde dónde se quiera mirar.
Un euskaldun -pagador de impuestos con los que se contrata y se abona mensualmente el sueldo del empleado público- tiene que acomodarse al idioma que el funcionario conoce. Esa es la realidad. Y también es real el dinero que se gasta -cantidad nada despreciable pagada a escote- en traducciones oficiales y cursos de euskara porque el personal no está capacitado para hacer su trabajo en los dos idiomas oficiales.
No sorprende que la solución que proponen sean rebajar la exigencia del conocimiento cuando muchos, muchísimos de los cargos públicos no saben euskara -el parlamento es un buen reflejo de esa ignorancia- y se asume con normalidad que se nombre un director de televisión y radio públicas que no es capaz de comunicarse en uno de los idiomas que utiliza algunos de los medios de comunicación que dirige. Si no se lo exigen a sí mismos, por qué se lo van a exigir a un auxiliar administrativo.
Entre la realidad real y la realidad virtual a la que nos llevan hay un camino de mentiras repetidas y propaganda engañosa. Si al menos les creciera la nariz como a Pinocho… Pero hoy es sábado, y no estoy dispuesta a dejarme amargar un sábado. Les borro de mi mente y elijo soñar con un mundo al revés.
domingo, 7 de febrero de 2010
No salen las cuentas
Trabajar cansa. Además de ocupar demasiado tiempo, cansa. El que ha probado lo sabe. Y más si piensas en todos los días trabajados, uno tras otro, como una continuidad. Los contratos laborales te marcan horarios y ratos de ocio, el periodo de comida, la entrada y la salida, si puedes o no echar la siesta…
Un día de fiesta es aquel del que puedes disponer a tu antojo. El resto están decididos. Es así hasta hacerse viejo. A partir de cierta edad, ves gente que cuenta los años, los meses, que les faltan para jubilarse. Están cansados y sueñan con cobrar sin tener que fichar. Un logro de la sociedad del bienestar.
Acaba de abrirse el debate que dará a la derecha el próximo gobierno. Los dirigentes políticos nos lanzan un interrogante: ¿Cómo vamos a asegurar el bienestar en una sociedad donde los viejos viven demasiados años? Con una esperanza de vida tan alta, cobran las pensiones durante más tiempo y encima sus gastados motores necesitan muchas reparaciones y cuidados. ¿A cuánto sale un enfermo crónico de 80 años? Los que piensan en estas cosas no nos lo dicen así de crudo porque suena feo, pero tienen hecho el cálculo.
El sistema necesita que los “no productivos”, los pensionistas, se mueran antes o cobren menos. Si se consiguen las dos cosas al mismo tiempo, más ahorro. De ahí viene lo de querer alargar el trabajo obligatorio hasta los 67. De momento. Si insistimos en vivir más tendrán que tomar otras medidas. Porque, de seguir así, de no hacer nada, el sistema no lo soportaría. Sin embargo, sí que soporta las elevadas tasas de paro juvenil. ¡Vaya panorama! A los 65 trabajando para dar la paga al hijo desempleado de 32.
¿Quién es el sistema? ¿Para qué quién trabaja? ¿A quién beneficia? ¿De qué lado están los que tanto lo defienden? También podríamos legalizar la esclavitud para una parte de la población. Seguro que así salen más fácil las cuentas.
Hay quien va a comprar un sujetador y si sus pechos no le dan para llenar una talla cien se pone implantes. Alteran el cuerpo para que se adapte al traje. Cuando lo saludable es hacerlo al revés.
Digo yo que si el sistema no nos vale, habrá que cambiarlo respetando el cuerpo social. ¿Por qué, para empezar, no implantamos un sistema con topes por arriba? Si hay un sueldo mínimo interprofesional ¿por qué no un sueldo máximo? Que si la pasta no llega la saquen de otro sitio. Se podría, por ejemplo, cobrar más impuestos a los que tienen mucho, mucho, demasiado.
Va a ser el debate de los próximos meses. Van a intentar convencernos de la inmovilidad de la esencia del sistema. Hay que estar preparados. Para empezar, aconsejo consultar en un diccionario el significado de las palabras socialista y obrero.
Un día de fiesta es aquel del que puedes disponer a tu antojo. El resto están decididos. Es así hasta hacerse viejo. A partir de cierta edad, ves gente que cuenta los años, los meses, que les faltan para jubilarse. Están cansados y sueñan con cobrar sin tener que fichar. Un logro de la sociedad del bienestar.
Acaba de abrirse el debate que dará a la derecha el próximo gobierno. Los dirigentes políticos nos lanzan un interrogante: ¿Cómo vamos a asegurar el bienestar en una sociedad donde los viejos viven demasiados años? Con una esperanza de vida tan alta, cobran las pensiones durante más tiempo y encima sus gastados motores necesitan muchas reparaciones y cuidados. ¿A cuánto sale un enfermo crónico de 80 años? Los que piensan en estas cosas no nos lo dicen así de crudo porque suena feo, pero tienen hecho el cálculo.
El sistema necesita que los “no productivos”, los pensionistas, se mueran antes o cobren menos. Si se consiguen las dos cosas al mismo tiempo, más ahorro. De ahí viene lo de querer alargar el trabajo obligatorio hasta los 67. De momento. Si insistimos en vivir más tendrán que tomar otras medidas. Porque, de seguir así, de no hacer nada, el sistema no lo soportaría. Sin embargo, sí que soporta las elevadas tasas de paro juvenil. ¡Vaya panorama! A los 65 trabajando para dar la paga al hijo desempleado de 32.
¿Quién es el sistema? ¿Para qué quién trabaja? ¿A quién beneficia? ¿De qué lado están los que tanto lo defienden? También podríamos legalizar la esclavitud para una parte de la población. Seguro que así salen más fácil las cuentas.
Hay quien va a comprar un sujetador y si sus pechos no le dan para llenar una talla cien se pone implantes. Alteran el cuerpo para que se adapte al traje. Cuando lo saludable es hacerlo al revés.
Digo yo que si el sistema no nos vale, habrá que cambiarlo respetando el cuerpo social. ¿Por qué, para empezar, no implantamos un sistema con topes por arriba? Si hay un sueldo mínimo interprofesional ¿por qué no un sueldo máximo? Que si la pasta no llega la saquen de otro sitio. Se podría, por ejemplo, cobrar más impuestos a los que tienen mucho, mucho, demasiado.
Va a ser el debate de los próximos meses. Van a intentar convencernos de la inmovilidad de la esencia del sistema. Hay que estar preparados. Para empezar, aconsejo consultar en un diccionario el significado de las palabras socialista y obrero.
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